12 oct. 2008

En cartel (VIII y IX): De terroristas y espías


Tiro en la cabeza (2008), de Jaime Rosales.

He visto, ya hace una semana, la polémica, esperada, inesperada película que ha levantado ampollas públicas y privadas y despertado tantas esperanzas como desesperaciones.

No me apetece hablar del anterior cine de Rosales, pero diré que me parece un voluntarioso y muy aceptable aprendiz de Bresson. No hace mucho, La soledad me removió las tripas: un dramón contemplativo, de planos perpetuos y ritmo monocorde, que asesinaba con una puesta en escena indisolublemente casada con el fondo del film cualquier tentativa de terminar de verla sin serios daños emocionales. Dicho de otra forma: lo pasé mal, la padecí.

Padecer. Verbo que nos lleva directamente a Tiro en la cabeza. Proyecto utópico que seguramente queda más bonito sobre el papel (Un film rodado con voyeurístico teleobjetivo, sin diálogos audibles pero con una supuesta gran carga reflexiva) que sobre celuloide.

En fin, vayamos al grano. Me ha gustado, en conjunto. Se sufre un poco durante los primeros tres cuartos de hora, en que la película bebe de esa corriente tan discutiblemente artística de la videoinstalación (¿Algo que supone tanto arbitrio como anular el papel del artista del propio arte, para dejarlo en manos del espectador qué tiene de artístico?) y, por tanto, el espectador es víctima de cierto sopor que provoca el infinito alargamiento de las circunstancias grises que rodean la vida cotidiana del asesino. El problema es que Rosales no permite leer entre líneas: no hay nada que sugiera, apenas, de qué pueden hablar los personajes, qué pueden estar haciendo, pensando, diciendo; todo lo deja al libre albedrío del bostezante personal. Eso sí: la magnífica planificación de algunas secuencias (en el que el espacio que rodea al protagonista, enmarcado en ventanas de distinto tamaño, tiene gran juego) pueden resultar interesantes de analizar y sí llaman a la actividad mental.

Viene la segunda parte, y el film crece. Lo que no sugería ni contaba nada especialmente, las imágenes, mayoritariamente sin reverso de ese primer rato seudo-documental, dejan lugar a una narración, ahora sí, con una estructura lógica y comprensible y con un encadenamiento de sucesos que llevan al irreversible final. Ahora sí: Rosales se las ingenia incluso para definir el carácter de sus personajes, y hace un alarde de pulso y maestría en la puesta en escena a partir del consabido encuentro casual con la policía.

A partir de ahí, todo cobra significado: un asesinato evitable, condicionado por el azar; personajes que no se escuchan; un ser que nos es tan común como extraño (como denotan las ramas que codifican su rostro, enmarcado en la mínima ventanilla del coche, al viajar huyendo por la carretera), capaz de tranquilizar a una víctima secuestrada tanto como matar a sangre fría a dos muchachos. Todo termina abruptamente. Con crimen y sin castigo. Y ahí comienza la jornada de reflexión para el espectador, auténtico juez de la obra.

Tiro en la cabeza alcanzaría, con facilidad pasmosa, la categoría de mejor película española del año, si su primera parte tuviera una duración ostensiblemente menor. Pero ciertamente, ¿no sería el impacto y la conmoción sobre el espectador también mucho menor, de no haberse habituado al tedio y la rancia normalidad de la vida del protagonista?. O dicho de otra forma: ¿sería un film de Rosales, de no ser así?.

***


Burn after reading (2008), de Joel y Ethan Coen.

En su momento dije y repetí hasta la saciedad, no sin cierta crueldad, que No es país para viejos era la mejor película de los Coen porque, a pesar de casar con sus obsesiones sociogeográficas y humanas, era la que menos de su polémica personalidad tenía. No reinterpretaron a Hammett a su desquiciada manera como en Miller´s Crossing. Transcribieron al lenguaje cinematográfico, con envidiable maestría, la novela del faulkneriano, denso y asperito Comarc McCarthy.

A pesar de que admiro las dotes valleinclanianas de los bros, ciertamente creo que a veces se les va la olla y se pasan un pelín de rosca. Y cuando ese pasamiento de rosca viene acompañado de cierto gusto por el alocamiento de corte posmoderno y el chistecito fácil... . En fin, ya os imaginais.

Esperaba un film entretenido, pero con lo más negativo de su cine en este Quemar después de leer. Y, a Dios gracias, me equivocaba.

Es una comedia magníficamente construida, que tomando a unos personajes excelentemente definidos, avanza con gran ritmo y soltura hacia un final desmadrado que roza el surrealismo. Y entre lo primero y lo segundo, me esperaban muchísimas carcajadas.

Ethan y Joel han encontrado la vía perfecta para dejar correr su corrosión, su mala hostia: la comedia satírica pura y dura. Y lo más divertido es observar cómo se construye el film, como de una situación inicial ridícula, los personajes -idiotas observados con piedad mínima y maliciosidad máxima- construyen ellos solitos la trama y son los que verdaderamente, mediante sus actos, hacen evolucionar el film, mediante numerosas patosidades y estupideces inspiradas por una irrisoria mezquindad materialista. Todo con el revestimiento de una sátira del cine de espionaje, con un guión concebido artesanalmente, preciso como una bomba de relojería.

La estulticia, como una enredadera, trepa desde un trío de gansos ayudantes de gimnasio, hasta los propios Servicios de Inteligencia, cuyo nombre aparece ya como pura ironía en la película: su metodología simple y la llaneza de su lógica aportan chorros de corrosiva comicidad.

Tanto cuando la peli se decide por lo comedido como cuando es decididamente gamberra, resulta divertida y graciosa. Es un exceso libérrimo, que bien podría ser una desdramatización de Fargo en la cual, aún con sus consecuencias trágicas, desaparece todo atisbo de conmiseración hacia los personajes: un alarde de crueldad que los directores comparten con nostros, espectadores no menos crueles, mofándonos de las miserias humanas.

Y para acompañar las desfasadas condiciones del film, tenemos a un grupo de intérpretes en histriónico estado de gracia, de los que me gustaría destacar a un fascinante Brad Pitt (que cada vez actúa mejor) interpretando a un tipejo que se come la pantalla con cada aparición.

Así pues, nos encontramos con la mejor comedia de los Coen desde, quizás, El gran Lebowski. Una radiografía sin concesionesde la estupidez americana. O la estupidez occidental. O la estupidez mundial. O, en fin, la condición humana.


23 sept. 2008

Reivindicación (II): Padre Padrone


Padre Padrone (1977), de los Hnos Taviani.

Primera película que veo de los alabados/denostados hermanos Taviani, y primera gran satisfacción que me llevo con su cine. Digamos que tengo prejuicios hacia el cine social italiano post-neorrealista. Los 70 son una década especialmente mala, en la que proliferan películas que analizan hechos sociales e ideas desde una óptica marxista, pero con resultados generalmente irregulares. Films como La clase obrera va al paraíso (1972) o El amargo deseo de la propiedad (1973). Películas prematuramente envejecidas, enterradas en su excesivo afán didáctico (por muy honesto que fuera) y en la labor de dirección, habitualmente mediocre y llena de tics propios de la época. Fue un renacimiento del cine social pero muy por debajo de lo que habían dejado atrás maestros como Rossellini, Vittorio de Sica o el primer Visconti. Sin embargo, también podemos encontrar films de indudable interés, como la emotiva Sacco y Vanzetti (1971).
Esperaba de Padre patrón un film combativo y comprometido, pero de realización mediocre, con abundantísimos e injustificados zooms (marca de tiempo y de lugar) y personajes planos y de una sola pieza. Todo al servicio de un mensaje de presunta contundencia, pero mucho más cercano a lo peor del realismo socialista ruso que al precedente neorrealista.
Afortunadamente, no se cumplieron las expectativas. Es una película sencilla, con una estructura externa ciertamente extraña, entre brillante y caótica, pero arriesgada en todo caso. El enfoque realista tanto de personajes como de situaciones, la planificación con reminiscencias del impresionismo más naturalista y la mixtura entre lo social y lo lírico, entre el estudio psico-social y la reflexión acerca del lenguaje como forma de rebelión construyen un film auténticamente sólido, lleno de fuerza, con un naturalismo para nada impostado. Desconcierta por su sequedad y su aridez, pero también emociona por la fuerza que tienen las situaciones propuestas, utilizando como lírico leit-motiv el balanceo del solitario protagonista. La capacidad de los Taviani de desarrollar unos personajes creibles, sin aristas, pero llenos de recovecos, es destacable, tanto como la labor de los actores amateurs, en muchos casos, interpretándose a sí mismos. Y sí, hay didactismo, pero el maniqueísmo queda fuera de su ámbito; es un film con un claro enfoque marxista sobre el presente italiano (particularmente del sur subdesarrollado), pero el hecho de focalizarlo sobre un caso concreto, con detalles que aportan verosimilitud (Extraídos de la biografía de Ledda), y de huir de la unilateralidad temática (yendo más allá de la denuncia antipatriarcal) y de los personajes de una sola pieza le aportan las dosis justas de inteligencia y credibilidad que terminan de redondear la película. Cruda y sincera.

20 sept. 2008

En cartel (VII): Una de turistas


Vicky Cristina Barcelona (2008), de Woody Allen.

En primer lugar, una aclaración. El nuevo film de Allen no es Annie Hall, ni Manhattan, ni Zelig, ni Broadway Danny Rose, ni La rosa púrpura del Cairo, ni Días de Radio, ni Delitos y faltas, ni Maridos y mujeres, ni Misterioso asesinato en Manhattan, ni Match Point. Ya claras mis preferencias, voy al grano: es un Allen divertido, mordaz y satisfactorio. Rara vez su cine me ha supuesto una decepción: quizás un par de films demasiado dependientes de Bergman me hicieron dar más de un bostezo por su falta de garra y hervor. Películas apagadas, poco enérgicas como Septiembre, Interiores o la fallida El sueño de Casandra.

Pero, dramático o cómico, ligero u hondo, intenso o llano, siento una gran atracción por casi todo lo que filma este hombre. Es uno de esos cineastas en los que el término film menor (que se aplica con tanta insistencia como gratuidad) no me parece nunca apropiado. Es raro que no entregue algo delicioso, sabio, inteligente o sencillamente divertido hasta el despiporre a los oídos y retinas de sus fieles seguidores.

Bergmaniano o marxista (de Groucho, claro), clásico (La maldicin del escorpión de Jade) o moderno (Desmontando a Harry), ya pocos discutirían hoy la calidad de casi todo lo perpetrado por este cineasta confesamente cosmopolita, que ha sabido indagar con gracia y ternura, corrosividad y mala leche, mordacidad y desgarro en la mentalidad del individuo del siglo veinte, tanto en aspectos morales como la culpa, como en el rico universo de las relaciones de pareja. Algún día será estudiado como uno de los grandes analistas de las relaciones públicas y privadas en el mundo occidental.

Vicky Cristina Barcelona (Sí, coincido en que es un título horroroso) tiene gracia. Tiene gracia, ritmo, capacidad de provocar sonrisas. Se ve con agrado y transmite buen humor. Woody Allen construye dos (Casi) arquetipos hispánicos, apasionados, románticos; idiotas y geniales a la par, que realmente justifican la existencia de la película. También los dos actores que les ponen piel y alma: unos inspiradísimos Javier Bardem y Penélope Cruz.

La receta es sofisticada y sencilla: construir cuatro sólidos personajes, opuestos entre sí, de imposible conjunción, y dejarlos vagar en un mundo tan familiar para unos como extraño para los otros. El resultado es una comedia que bajo su superficie divertida y disparatada esconde un interior melancólico, triste, pesimista. Hombres y mujeres que empiezan en un punto de partida al que vuelven siempre, inevitablemente. Estos, capaces de arrancar muchas sonrisas y un par de carcajadas, son unos desgraciados dignos de compasión. Y es que, bajo la epidermis divertida y rítmica, se esconde una reflexión tirando a pesimista sobre la naturaleza de las relaciones entre hombres y mujeres, ya sea el amor o el deseo (o ambos) quien las mueva. La conclusión es amarga: el ser humano es incapaz de aprender a amar. ¿Prejuicios culturales demasiado arraigados como para combatirlos o la esencia natural?. Sea lo que sea, Allen expone con lucidez, mordacidad, en diálogos certeros y agudos los ires y venires de unos seres perdidos, cuyos casuales encuentros sólo les depararán un brevísimo lapso de felicidad que se esfumará antes de que aprendan a darse cuenta.

No es un film descacharrante, ni un drama intimista. No es el film más divertido del director, ni tampoco el más magnético. Pero quizás mi idea cambie, porque su factura es la de aquellos films que mejoran en la memoria y con cada visionado, más hondos de lo que pueden parecer en un primer vistazo.

Woody Allen, que tantas veces ha reflexionado sobre lo que define una tragedia y una comedia, y cuál de los dos géneros es más cercano a la existencia real del ser humano, ha decidido que en las entrañas de lo cómico puede latir con creciente efusión lo trágico.

7 sept. 2008

El horror, el horror (I): Sopor en Venecia

No le tengo una especial manía a Luchino Visconti, director italiano que navegó en su larga carrera cinematográfica entre el cine combativo (De corte marxista) hasta unas últimas películas, que giraban, muchas veces, en torno al mundo de la aristocracia y del arte. Pero si bien no le tengo la manía que puedo haber desarrollado hacia "creadores" como Jean-Luc Godard o Peter Greenaway, su última etapa me parece especialmente difícil de soportar.
Muerte en Venecia (1971), film sacralizado por la intelectualidad de todas las épocas, aplaudido por su infinita exquisitez, por su magistral dominio de lo grotesco, por sus hondas reflexiones sobre arte y vida, moral y decadencia, no me gusta. Y no es tan sólo por los inacabables planos secuencia que muestran la estática y casi fosilizada presencia aristocrática en una ciudad decadente y que alguna vez fue esplendorosa. No. No es sólo que en su primera parte la película me sea tan indigesta como comerse una tostada untada con plomo líquido. Es que me cae mal.
Me cae mal ese antipático protagonista y su irrisorio debate artístico-moral; me cae mal Visconti, intentando contagiar de intelectualismo cada plano interminable; me cae mal la forzadísima sensibilidad de la que presume la película; me cae mal el perpetuo postalismo; me cae mal su convencimiento de que está contando algo importante, trascendente y extraordinario pretendiendo fascinar a través de imágenes tras las cuales, sólo hay desolador vacío; me cae mal lo grotesca que puede llegar a ser; me caen mal los abundantísimos y redundantes zooms (Tan a la orden del día en el cine italiano de los ´70); me cae mal el afectado Dirk Bogarde; me cae mal, en fin, por lo enfática, reiterativa, intelectual e hipersensible que llega a ser.
Sólo los primeros planos, del barco llegando a Venecia, al ritmo de (eso sí) su hermosa banda sonora, me despiertan algún interés. Eso y poco más. Muerte en Venecia pretende una densidad que me lleva al sopor. Pero ojalá fuera un film aburrido: es, además, cargante e irritante. Y ha envejecido, técnicamente hablando, fatal, como ha ocurrido con tantos films de la última etapa del director.

31 ago. 2008

En cartel (VI): Del Toro y Perlman atacan de nuevo


HELLBOY II: EL EJÉRCITO DORADO (2008), de Guillermo del Toro.


Tras aquélla inquietante fábula sobre miedo, imaginación y rebeldía titulada inolvidablemente El laberinto del fauno, del Toro, el perpetrador en cuerpo y alma del film, vuelve a los circuitos comerciales y al cine masivo para volver a vendernos la vuelta del superantihéroe más gamberro que haya pasado por viñeta y por pantalla.

Y es que si la primera Hellboy resultó un film de entretenimiento, sin altas pretensiones, pero sumamente original, estupendamente diseñado y ambientado, entre gozoso y melancólico, que encontraba su mayor baza en un gamberrismo que escapaba a resoluciones escénicas y de guión convencionales, ésta secuela la supera en todo.

Es una montaña rusa de dos horas, el entretenimiento llevado a su máxima expresión. Del Toro ha madurado como director desde su última película, y se nota. Narra mejor, escribe mejor, ambienta mejor, dirige mejor.

Y si durante sus primeros veinte minutos, Hellboy II se presenta como una muy decente continuación de los personajes de la primera entrega, la película se eleva hasta levitar a partir de cierta visita (Que no comentaré mucho, para no arruinársela a nadie) a un mercado subterráneo.

El director demuestra, una vez más, aquí y en tantísimas escenas posteriores de la película, su enorme capacidad para ambientar espacios insólitos, frutos de una concepción muy personal del universo fantástico; y, por supuesto, para diseñar monstruos y bichejos sencillamente inolvidables. Así pues, Hellboy II no se limita a ser simplemente una continuación más espectacular que la primera parte (que lo es), sino que del Toro da rienda suelta, como nunca, a su imaginario fantástico, recreando un universo mágico que perdura en la mente de uno cuando ya ha terminado la película, realmente envolvente, gracias no sólo a su capacidad como diseñador de criaturas extrañas, sino también a su minuciosidad al trabajar y mimar hasta los más mínimos detalles. Y actualmente, sólo Tim Burton ha sido capaz de hacer algo parecido.

El resultado es un film no sólo visualmente impresionante y potentemente ambiental, sino, una vez más, atravesado por una suave amargura, por cierta melancolía, al regresar el director al trato de personajes que son auténticos freaks, outsiders en toda regla, pero intensamente humanos, capaz de sentir desesperadamente y de vender el mundo por amor o de rebelarse contra las estúpidas jerarquías que rigen la sociedad. Son héroes románticos, en toda regla.

Otra de las grandes hazañas del film es su antimaniqueísmo (nada de triunfalismos al derrotar a los enemigos) y el evitar resoluciones tópicas, trilladas y facilonas. El malo maloso no es tan detestable, y es casi la otra cara del protagonista: al igual que Hellboy, es un ser despreciado por el ser humano, relegado a una mera reserva subterránea, el último bastión de una especie aniquilada por quienes hoy gobiernan la tierra. La línea principal de la historia, que surge a partir de un bonito cuento popular, concluye de manera misantrópica y pesimista. No hay redenciones públicas del (anti)héroe. El ser humano muestra su auténtica cara. Y por cierto: hay una memorable secuencia, dignificante y bella, en que la muerte de uno de los enemigos se convierte en un suspiro final (con polen incluido) hermoso y agridulce.

El sentido del humor permanece intacto, el gamberrismo del escasamente ortodoxo protagonista soluciona secuencias que hubieran dado lugar a diálogos empalagosos en films de mayores pretensiones (no quiero señalar): concretamente, hablo de cierto momento en que la cursilería que a veces implica el sentimiento amoroso es tratada con tanta ternura como buen sentido de la parodia. Y hacia el final, una declaración de amor se resuelve sin palabras: sólo con dos manos tocándose. ¿Quién encuentra hoy, en el cine, sea más o menos comercial, tan enfermo de evidencias, tal capacidad de sugerir con tanta sensibilidad?. La poesía, nuevamente, camina de la mano de los personajes; del Toro es un creador caro a las metáforas y a las salidas líricas, y no renuncia a ello en un film tan claramente comercial como este.

Así pues, nos encontramos con cine de entretenimiento prácticamente perfecto. Magníficamente narrado a través de un guión más sólido que el de la primera parte, visualmente delicioso, inmersivo; espectacular y poético a partes iguales. Una fantástica explosión de acción de primera clase por un lado, y un sencillo pero no por ello menos contundente y perdurable canto a la desobediencia y al amor. Y una patada en plenos testículos del ser humano y su detestable forma de odiar y destruir lo diferente, lo extraño, lo ajeno. Sin moralina, sin discursitos redundantes. Una obra maestra del cine espectáculo.

18 ago. 2008

En cartel (V): Doble ración de Chris Nolan


Batman Begins (2005) y El caballero oscuro (2008), de Christopher Nolan.

Hace ya unos años que Chris Nolan asumió la tarea de reinventar uno de los grandes mitos del comic moderno en el cine. Batman. Ya habían pasado por la misma aventura Tim Burton, resultando dos películas tan marcianas como curiosas, y Joel Schumacher, perpetrador de dos carnavalescas y ridículas adaptaciones disfrazadas de cintas de superhéroes.

Con este historial detrás, decidió empezar desde el principio. Pero desde el comienzo. O más bien: el comienzo del comienzo.
Batman Begins narra, en su primera mitad, cómo Bruce Wayne, heredero de una multimillonaria fortuna, se debate entre la ira y la aceptación de los complejos mecanismos de la justicia. Y no es hasta esa primera hora, que decide convertir su miedo en el terror de los delincuentes y, sin muestras de vergüenza, se pasea por las calles de su ciudad disfrazado de murciélago.

Lo más llamativo de Begins, es que en su primera hora apenas hay atisbos de que estamos viendo un film de superhéroes. Es una reflexión compleja y dramática sobre los difusos límites entre la justicia y la venganza, los orígenes del crimen y de la corrupción. Y está impecablemente contada por Nolan, que sin grandilocuencia, combinando el presente y el pasado del personaje, nos introduce en el alma tortuosa y enigmática del Bruce Wayne más apasionantemente oscuro que haya pasado por los alrededores del cinematógrafo. Y lo hace con sentido del ritmo y de la intriga.

La estructura externa del film es claramente bipartita. En la primera parte, predomina la reflexión sobre la acción; en la segunda, la acción le gana el pulso a la introspección. Pero en ningún momento, a pesar de sus claras condiciones comerciales, Nolan abandona la inteligencia de su film por un mero espectáculo vacío de fuegos de artificio.
Y por tanto, su órbita reflexiva no se queda en lo expuesto en el primer bloque, y en la segunda parte profundiza en aspectos políticos y sociales, tan polémicos como calculadamente contradictorios: ¿acaso Batman, el héroe, no utiliza como arma el miedo y la fuerza para mantener a raya la delincuencia? ¿Hasta qué punto no contradice su negativa a caer en el simplismo en que se negó a caer en la primera media hora de película?.

Así, Batman Begins va más allá de lo que podría parecer en un primer momento. La corrupción, los mecanismos de control social y la manipulación mental se hayan también en el epicentro de este film, más inquietante de lo que podría parecer a priori, y que concuerda con las habituales obsesiones del director.

Y es que otro de los muchos aspectos que elogian la tarea de Nolan es el haberle dado un formato al film, en muchas secuencias, que lo aproxima al cine de terror: Batman apareciendo entre las sombras, sorprendiendo a los estupefactos delincuentes tanto como al espectador.
En relación con esto (y aparte de la gloriosa y sombría labor de fotografía, especialmente en interiores), debemos hablar de la Gotham a la que ha dado forma Nolan. Era difícil olvidar el aspecto gótico, de clara condición esteticista, con que había moldeado Burton la ciudad. Pero Nolan se decide por un Gotham más realista, pero igualmente oscuro y lleno de recovecos (como el propio Wayne-Batman). Es difícil no impregnarse las pupilas de esa cosmópolis que, fácilmente, podría recordar a la ambientación lluviosa y oscura de Blade Runner. El carisma está servido: los altos rascacielos, los callejones sin salida, el tren de cercanías que recorre toda la ciudad... . Realmente, el espacio cobra forma relevante, importancia; no es un mero marco o un simple alarde estético sin más, sino un auténtico protagonista, tanto como la Nostromo para Alien (1979). Plasmación del cerebro inquieto de Bruce-Batman, Nolan se recrea magistralmente en el ambiente nocturno de la ciudad.

Realizada con clasicismo, incluso rozando lo académico, Batman Begins es una película que roza la perfección en la mayoría de aspectos. Muy correctamente interpretada por su atinado reparto, sólo encuentra dos baches en su extenso metraje: una música escasamente representativa del espíritu de la película y una forma de rodar los combates cuerpo a cuerpo que, en algún momento, pueden resultar mareantes.

Pero, en fin, un blockbuster inteligente y trepidante, que funciona tanto como película de acción como reflexión de hondo calado sociopolítico.
Y Christian Bale: el Wayne-Batman más perdurable de los habidos hasta ahora.
***


El caballero oscuro es una joya. Imperfecta, pero una joya.

Nolan inicia la película con el claro enfoque de lo que es una secuela, retomando los personajes de la entrega anterior donde los dejó.

Y de la cuidada y clásica estructura en dos partes, pasamos a una película que, en muchas ocasiones, deja la sensación de estar formada de una pieza. Todo parece un gran todo, una película divisible interiormente (por el viaje mental del personaje principal), pero sin quiebres evidente en su desarrollo externo, más bien monocorde.

El film se abre, y desde la primera secuencia avanza como un tren a toda velocidad. Y cada vez olemos mayor negrura en el alma de los personajes, y cada vez la decadencia y la sombriedad cobran mayor fuerza. Hasta llegar a una compleja conclusión, que reflexiona sobre la necesidad de la leyenda de una manera con claros ecos de El hombre que mató a Liberty Valance (1962) y Fort Apache (1948).

La violencia del ¿héroe? es escrutada por los hermanos Nolan en un guión más turbador que el de Begins. La línea entre el bien y el mal es cada vez más difusa, y no dudan en darle a Batman el protagonismo de escenas capaces de ponerle a uno los pelos de gallina. Incluidos dos escalofriantes interrogatorios que acaban en tortura.

Pero antes que nada está el Joker. Una mitificación segura, por la temprana muerte del gran (Como demostró en la impagable Brokeback Mountain (2005)) Heath Ledger. Pero más allá de mitomanías y tonterías, no creo exagerar al decir que ha creado un villano de antología. Un bufón-filósofo, un marionetista terrorífico y cómico, perturbado y perturbador, que mueve Gotham a su antojo. Una especie de manipulador shakespiriano, un Yago implacable. Cada frase en su voz resuena inevitablemente en mi cerebro. Es una creación tridimensional; sólo en un brote de genialidad alguien podría darle auténtica tangibilidad a un villano de comic, convertirlo en un ser aterradoramente realista. Es la voz del caos que resuena bajo la fina capa de hielo de la civilización. O sea: en todos nosotros. Fascinante y repulsivo; absorbente, al fin y al cabo.

Es el Joker el auténtico protagonista de la película, conocedor de las pulsiones más secretas del ser humano y de los resortes que las hacen saltar a la superficie. Él mueve los hilos. E incluso Batman se siente impotente, como un mero espectador, ante su fuerza terrible, implacable, infinita. Jack Nicholson se ha quedado sin pantalones.

No queda atrás la estupenda caracterización de Harvey Dent ni su presencia en la película, lo cual es un gran elogio al tener que medirse y compartir planos con un personaje tan complicado, enrevesado y complejo como The Joker. Y no se debe olvidar a intérpretes de renombre como Morgan Freeman, Michael Cane o, sobre todo, Gary Oldman, dando rostro y espíritu, maravillosamente, al comisario Gordon.

Por todo ello, la negrura de El caballero oscuro no es superficial. Brota de sus entrañas y se extiende hacia afuera hasta volver tornadizo todo lo aparentemente estable, convertir el bien en mal, y el mal en una sencilla inclinación de la naturaleza. Acojonante. Sin conclusiones ni soluciones autocomplacientes.

Y qué decir de las retorcidas escenas de acción y suspense, en las cuales Nolan hace alarde de un uso sobresaliente del montaje paralelo, llegando por momentos a una tensión insoportable. Y en la mitad del metraje, una persecución impresionante, de las que hacen historia.

Así pues, estamos hablando de un film que es a la vez un espectáculo de fuegos de artificio constante, pero de una densidad narrativa y psicológica importante. Entretenida, explosiva, pero permantemente introspectiva.


Sería injusto no hablar de lo que no me ha gustado o no me ha gustado tanto de la peculiar tragedia del murciélago.
En primer lugar, la sobredosis de música, usada con cierto vulgar academicismo en ciertos momentos, subrayando cada sentimiento proyectado en pantalla.
Por otra parte, Nolan quería realizar la película definitiva de superhéroes, lo cual hace que en el tono del film se mezcle lo grandioso con lo grandilocuente. Uno siente que está recibiendo un bombardeo de información constante, que no hay escenas de transición, que Nolan quería hacer de cada secuencia una joya en sí misma. Resulta, para bien y para mal, un tour de force de intensidad, que por ello cae, en -pocos, por suerte- momentos, en cierta voluptuosidad forzada.
También, la pérdida de entidad del espacio en la película es reseñable. Nolan olvida el inolvidable Gotham de Begins y convierte el de El Caballero oscuro en una ciudad luminosa y diurna, en la que la importancia de ésta brilla por su ausencia. Excepto en algunas excepcionales escenas de interiores, o en la espectacular (¿innecesaria?) parte desarrollada en Hong-Kong, que viene a ser un ejemplo interesante de esa búsqueda de la espectacularidad más supermegainsuperable a toda costa, que ya había mencionado anteriormente.

Pero aparte de su tono pretencioso (que por otra parte, ayuda a que la película resulte abrumadora, como es) y de la ausencia de una Gotham tangible, el film cumple con creces lo que prometía. Es Shakespeare fusionado con Frank Miller, todo ello filtrado a través del cerebro privilegiado de un indudablemente genial director (Para dejar de dudar de su talento, ver The Prestige (2006) ), que ya hace tiempo que dejó de convertirse en un tipo interesante a quien seguirle la pista para empezar a caminar paralelo a lo mejor que puede ofrecernos el cine americano actual.

Es un espectáculo fastuoso y divertido, pero también una película de indudables pretensiones artísticas. Es tan conscientemente intensa y abiertamente ambiciosa que muchos podrán cansarse de su permanente altisonancia. Tiene gancho y capacidad de fascinación a raudales; pero también, ciertamente, existe la posibilidad de que uno salga con mal cuerpo del cine tras haber visto lo que ve. Lo mismo que le pasó a un servidor, que casi temblaba a la hora de dejar la sala.
Una demostración de que una película de superhéroes puede ser tan reflexiva, compleja y ambigua como la que más. Enorme (en todos los sentidos, para bien y para mal).

9 ago. 2008

Brevemente (II): L´Atalante

Jean Vigo terminó de rodar en 1934 la película que le costaría la vida. Grabada en pleno invierno, la ya de por sí frágil salud de Vigo cayó en los brazos fatales de la tuberculosis. Pudo terminar de filmarla, pero no pudo estar presente en las salas de montaje ni conocer la repercusión inmediata y posterior de la película.

Lo que más me impresiona, aún hoy, de L´Atalante, es que Jean Vigo rueda en verso con material de prosa, con personajes carne de drama social. No hay lugar para imágenes estilizadas (los planos son más bien descuidados, Vigo ignora en muchas ocasiones el eje escénico), ni para idealizar el lenguaje de sus prosaicos personajes. Pero, con un argumento nimio, olvidando los efectismos y las indagaciones psicológicas, el director-guionista narra la historia de dos personas corrientes, de bajo estrato social, en imágenes de inconfundible sabor lírico. Sabe cómo convertir en un espacio mágico el mundo de los marineros, tan ignorantes y tan sabios. Cómo construir sin falseamientos de la realidad, ni falsa piedad burguesa, el encuentro, desencuentro y reencuentro de dos amantes. Y logra que su sencillez, supersticiones, aspiraciones, sueños y miedos sean realmente conmovedores. Cada imagen tiene la fuerza de un descubrimiento, de lo insólito, que sale a flote a través de la cámara. De esa extraña dualidad entre naturalismo y surrealismo surge su fuerza hipnótica.
Por supuesto, y dadas las inclinaciones anarquizantes de Vigo, también hay un resquicio para la crítica social.

Esto, y mucho más, es L´Atalante. Y cuando digo mucho más: ni hablar del indescriptible bufón seductor, Tío Jules (Inolvidable Michel Simon). Nunca me cansaré de verla.
Lectura imprescindible: Jean Vigo, de Paulo Sales Gomes.

23 jul. 2008

En cartel (casi): la nueva película de Pixar


Wall-E (2008) de Andrew Stanton.

Mientras siga respirando la gente de Pixar, habrá cine. Y han vuelto a tocar el cielo con Wall-E. Con el manido y tan de moda tema ecológico de fondo, la película narra casi sin palabras y usando inteligentemente los limitados gestos de sus protagonistas una historia de amor entre dos máquinas de funcionalidad muy distinta, con el destino jugando (aparentemente) en contra.

Si Pixar había casi prescindido del público infantil en la insuperable Ratatouille (2007), aquí vuelven a tomar las sendas del riesgo haciendo una película casi sin diálogos, sobre todo en su primera parte. Y es que los primeros cuarenta minutos de Wall-E, en los que la trama es casi anecdótica, son los mejores de la película. Pura magia del cine: gags visuales en medio de una puesta en escena realmente original e imprevisible, que parecieran perpetrados por un moderno Buster Keaton. Recupera en muchos instantes la expresividad física de las etapas mudas del cine, cada vez más lejanas.

Una película, en fin, para no perderse, sobre todo por esa original y lírica escena de danza en la mitad del metraje, que llama a convertirse en un momento antológico del cine moderno. Wall-E no defrauda, ni como film de animación tridimensional ni como curiosa resurrección de una ciencia ficción de corte y temática clásicas. Un doble bypass que el cine yanki, cada vez menos preocupado por la calidad y originalidad de los productos paridos, pedía a gritos.

24 jun. 2008

Reivindicación (I): Brother, de Takeshi Kitano


Hace pocos días volví a ver Brother (2000), del siempre polémico Takeshi Kitano. No recordaba gran cosa de la película, excepto por su emotivo y trágico desenlace.
El hecho es que creo que es una de las películas más ignoradas dentro de la filmografía del director/actor, y, por contra, resulta uno de los films de gángsters más interesantes de ésta última década. Por encima, por poner un ejemplo, de películas interesantes pero sobrevaloradas como Infiltrados (2006), de un poco inspirado Martin Scorsese.


Brother no se ciñe a una trama con pocos personajes que luchan por el poder, sino que narra el ascenso de una simpática banda de camellos de poca monta gracias a la aparición de un lider de la yakuza, hermanastro de uno de ellos. Este personaje, interpretado por el propio Beat Takeshi, es el epicentro de la película: hombre violento, salvaje pero leal, de rostro pétreo pero secretamente sentimental, un tipo que ha aprendido todo lo que podía en la vida, incluso trampas para ganarle una partida al azar... . Partida, que, por cierto, ya huele perdida inevitablemente desde el comienzo de la película. Pero así funcionan estos tipos, que no conciben la muerte física como el peor de los males de un hombre, sino la muerte moral: la deshonra, la cobardía y la deslealtad.
Sin un argumento definido, narrada con abundantes elipsis y distintos episodios (según sea el grupo mafioso al que se enfrenten), Brother se centra en la relación que surge entre los personajes, teñida de un humor simpático e infantil, de algún que otro instante con indescifrables simbolismos y, por supuesto, intercalando en medio de la calma fogonazos de violencia cruda y brutal (todo esto, marca de la casa).
Curiosamente, tampoco es un film que se centre en la psicología del conjunto de personajes... . Extrañamente, consigue el cariño del espectador hacia estos.
Poco a poco, palpamos cómo la tragedia sube por la garganta, hasta una inesperada y hermosa conclusión que nos recuerda que la fraternidad no es asunto de sangre, y que incluso un negro y un amarillo pueden llegar a ser auténticos hermanos.

Por cierto, para los interesados en la liturgia yakuza y en su modus operandi, ésta película resulta toda una joya de documentación en ese sentido.

20 jun. 2008

En cartel (IV): Vuelve Darabont


La niebla (2008), de Frank Darabont.

Nota: pido perdón por mis simplificadas referencias al cine de terror de bajo presupuesto de los 50, al que no conozco convenientemente; así, limpio este análisis de cualquier referencia a la adaptación de obras de King por parte de Darabont.

Ya sólo porque un director como Frank Darabont, que en los 90 dirigió y escribió una de las óperas primas más redondas, clásicas y hermosas de la década, Cadena perpetua (1994), haya vuelto a estrenar, debería ser motivo de alegría.
Quizás, tras el sonado comienzo, su siguiente película, varios años después, supuso cierto bluff para los que esperábamos cierta evolución de un director que ya comenzaba a situarse en el panorama de los más interesantes surgidos en los irregulares ´90. Lo cierto es que La milla verde (1999) era una película con un par de secuencias emotivas, entretenidísima como todo lo que rueda Darabont -en este caso, más meritorio por la larguísima duración del film-, pero que dejaba cierto regusto a "Esto ya lo he visto".
The majestic (2001) suponía otra revisitación a los tiempos -y al cine- de sus estimados años 50, y ésta vez, más concretamente al cine de Frank Capra, cuyo humanismo maníqueo contagia estos tres films del director. Constituye, pues, un film tierno hasta el empalago, dulce hasta ser almibarado, pero que funciona, además de por las notables interpretaciones (incluso por parte del temible Jim Carrey), por ser un ejemplo de cariño de un director hacia sus personajes.

Estos tres films componen la imagen de un director con tendencia al ternurismo, al humanismo, siempre con un afán de denunciar injusticias, en el caso de Cadena perpetua, el autoritarismo y los regímenes carcelarios; en La milla verde, denuncia la pena de muerte y en The Majestic sitúa en el punto de mira la intolerancia y la persecución ideológica. ¿Qué le habrá tocado en La niebla?.
***

La última película de Darabont es una película de Serie-B de los años 50, con ecos de films más recientes como La cosa (1982), de John Carpenter -homenajeada directamente en dos escenas-.

Lo peor de ella, son, probablemente, las limitaciones propias de este subgénero, que el director se limita a imitar -estupendamente- en fondo y forma. Sin más, en principio. Personajes caricaturescos, explicitud excesiva, etc.

Los mayores aciertos son las dosis de drama que encuentran en la historia su sitio, los diálogos naturalistas y creibles que atenúan el carácter simple y plano de la mayoría de sus personajes -excepto por el conmovedor y creible protagonista y un par más, pero escasos- y lo logrado que está, en principio al menos, el microcosmos de personajes recluidos en un supermercado.
La película encuentra sus puntos álgidos de tensión cuando enfrenta a los hombres con los hombres, y un poco menos en las correctas escenas con monstruos. Lo que más flaquea, en este sentido, es la excesiva explicitud a la hora de mostrar bestias que la niebla que da título a la película podría haber ocultado aún más. Técnicamente, la película es manifiestamente minimalista, barata e incluso cutre. Opta por actores desconocidos (Excepto por la siempre ejemplar Marcia Gay Harden). Quiere ser cine de terror-ciencia ficción B, y eso lo cumple con creces. No añade mucho a lo visto y oído en este cine, siendo su verdadera aportación el naturalismo de situaciones y diálogos, pero la originalidad de su planteamiento, lo entretenidísima que resulta (al principio correcta pero cada vez más convincente hasta que a los viente minutos uno se siente atrapado por la película) y lo tensa que logra ser en muchos momentos la hacen un film más que correcto, muy apreciable, una vuelta a un subgénero cada vez más reivindicado (lo prueban los innumerables remakes que tenemos que soportar últimamente).

El mayor problema de la película viene en su inevitable denuncia social, en el ratito en que el director quiere hacer trascender su mensaje. El problema es que el fanatismo denunciado aparece impostado, metido con calzador de una manera tosca y casi grosera, el giro psicológico que debería manifestarse en los personajes es tan nulo como su propia psicología. Ocurre lo mismo que en muchas películas de George Romero, y es que la llaneza que define a los caracteres se hunde al intentar darles a esto una importancia mayor de la que tenían hasta entonces. Desde otro punto de vista, el típico, tópico y trilladísimo mensaje sobre experimentos peligrosos en manos de militares inconscientes reaparece de forma simpática, incluso entrañable, echándose de menos ese afán didáctico ingenuo y simplista, pero tan desgraciadamente cierto como una guerra.

Aparte de este punto sobre el fanatismo propiciado por el miedo (con la evidente denuncia que al rumbo que en política exterior han tomado los EEUU de George Bush) en que el film realmente flojea, la película funciona a la perfección. Los monstruos, si bien no provocan sudores, son imprevisibles en sus ataques y Darabont ha tenido el tino de mostrar que cualquier personaje puede morir en cualquier momento, lo cual aumenta la inquietud que provocan sus ataques en el espectador. Aunque, como ya he comentado, el verdadero terror llega cuando todo ha de decidirse entre seres humanos. El racismo, los prejuicios sociales, la estupidez...se manifiestan en personajes arquetípicos de forma eficiente. El problema es cuando, hacia los cuarenta o cincuenta minutos de película, Darabont trata de hacernos creer lo increible mediante el liderazgo que consigue el demente personaje de Marcia Gay Harden.

Técnicamente, podemos hablar de una cámara cuyo nerviosismo eléctrico es fundamental en muchos momentos, pero usado de forma repetitiva, innecesaria y excesiva en otros. Los monstruos, con efectos de Playstation y la pobreza en general de efectos especiales, le dan cierto encanto a un film que consigue muy bien, en ese sentido, aproximarse al cine que, más que sencillamente homenajear, trata de retomar seriamente.

Si bien he hablado de que la parte dramática de la película cumple, habría que hablar, en punto y aparte, del último cuarto de hora de película. Ya está desatando polémica, y es que su brutalidad y la manera terrible de finalizar la película, inmerecida para su honesto protagonista -un personaje, sin duda, memorable e impropio de los límites que imponen los códigos de este tipo de cine- son, cuanto menos, desconcertantes. Este último rato, que no comentaré para quien no haya visto la película, es tenso, trágico e imponente. El ritmo lento y las miradas desprendidas de toda esperanza imponen. Pero aún más la resolución que toman los personajes en los últimos minutos. Este último rato, tan poco efectivamente comercial como hiriente no dejará indiferente a nadie. A mí, me parece que se eleva por encima del resto del film, casi siempre muy conseguido como ya he comentado.

En resumen: cine de terror y ciencia ficción de bajo presupuesto que se aleja del mero homenaje, y apuesta por crear una película personal, pero próxima siempre con respeto a los códigos. Muy bien narrada por un Darabont que no ha perdido sus dotes, entretenidísima, angustiosa en muchos momentos, tensa. Sólo hay lugar para la torpeza en una denuncia social implantada con vulgaridad, y encuentra su vuelo más álgido en las dramáticas discusiones entre personajes y en un desenlace valiente y pesimista. Curioso es que, dado el pésimo panorama cinematográfico actual (y más el referente a este género), coincidan en cartelera dos películas con premisas parecidas, pero muy distintas: La niebla y El incidente, ambas comprometidas con el cine y con su tiempo; pero si una aboga por un cine de terror clásico, la otra, resulta transgresora y arriesgada.

Ahora, una humilde cuestión: ¿dónde quedó el humanismo capriano de Darabont? ¿Se acabó el tiempo de los sueños?.

17 jun. 2008

En cartel (II): Morir de un mal aire

El incidente (2008), de M. Night Shyamalan

"-Yo estaba en la puerta, esperándolo. Lo vi venir por la carretera, moviendo todos los árboles, uno a uno, hasta que sacudió los árboles junto a la casa y al fin se encaminó hacia mí, ¡y le cerré la puerta en las narices!"
Fragmento de El viento, de Ray Bradbury.

Siempre que se escribe sobre el director hindú afincado en Estados Unidos Manoj Night Shyamalan, (En realidad, Manoj Nelliyattu Shyamalan) se dice lo mismo: que levanta tantas pasiones como odios, que crítica y público no hacen sino dividirse cada vez que estrena un film. Todo ello es cierto, pero a estas alturas, redundante. Por tanto, me limitaré estrictamente a mi opinión y dejaré de lado el manidísimo debate sobre las particularidades de su cine y por qué éstas siempre propician opiniones irreconciliables.

Desde que estrenó El sexto sentido (1999), por la que obtuvo reconocimiento y gran éxito comercial, el director se ha vuelto único patentador de un universo con obsesiones muy reconocibles. Sin duda, ha plasmado de forma personal e irremplazable esa sensación tan abstracta y común: el miedo, tanto el ingénito al ser humano como el propio de los tiempos que corren. Siempre comprometido con sus personajes, ha retratado con emoción y veracidad redenciones espirituales, hasta evidenciar, a partir de Señales (2002), ideas sugeridas anteriormente: una visión mística universal -aunque no religiosa, como él mismo ha desmentido- que se acerca a los planteamientos panteístas.

Más allá del complejo y retroalimentativo ideario de Shyamalan, lo que más me sorprende y fascina de este director es su capacidad de reinventarse, de arriesgar hasta el último átomo en cada película. Y si bien, El sexto sentido es un thriller de terror de base clásica, en El protegido (2000) narra un turbador drama familiar aderezado con reflexiones morales extraídas del universo del comic; en Señales (2002) -tal vez su película más débil, pero en conjunto nada desdeñable- cuenta una invasión extraterrestre que sirve de marco para una búsqueda de sentido en un mundo aleatorio y caótico; El bosque (2004) es una reflexión insólitamente poética, sobre el miedo y el amor, y el sacrificio que este último implica; en La joven del agua (2006) usa como molde el thriller fantástico para rodar una película que escapa a cualquier encasillamiento genérico, indudablemente su proyecto más personal -y ya es mucho decir-, un lírico cuento de hadas, cuya complejidad de elementos no impide que estos estén perfectamente interrelacionados.

Así pues, a pesar de trabajar con grandes presupuestos y bajo la sombra (cada día más ominosa) de Holywood, Shyamalan es un director con la clara intención de dejar una huella autoral en cada nuevo producto. Usa un suspense de legado hitchcockiano y una poética del miedo y la ausencia que recuerda a Jacques Torneur.

***



El incidente utiliza como abierta referencia el cine de Serie-B de los años 50-60 y Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock.
El director ha dado una nueva vuelta de tuerca a su filmografía, pero ya no es sólo que haya hecho una película que apabulla por lo impactantemente simple que es su argumento, sino que este salto al vacío sin red tiene doble mérito y merece, por tanto, una ración multiplicada de aplausos: y es que un cineasta tan caro a tramas clásicas complejamente desarrolladas, de pronto presenta un film que es todo lo contrario: una narración que no podía ser más antiargumental, lineal y llana.

El incidente puede verse y disfrutarse de dos maneras: como un simple y directo entretenimiento, remedo -aunque sin tópicos- del viejo cine de terror-B, tenso y entretenido hasta el último minuto; o también, si el espectador es curioso, puede optar además por mirar a través de los innumerables agujeritos que la película evidencia desde casi su primer minuto, y desencriptar los símbolos que esconden una sofisticada -que no complicada- reflexión, una nueva revisión de la mística del director, ésta vez con matices naturalistas.

Y es que El incidente no engaña: es desde el primer minuto una película de terror aderezada con un humor casi absurdo, que cuenta el viaje de una seudofamilia que, hablando literalmente, busca escapar de una catástrofe que destruye el mundo; pero que, en sentido figurado, es la historia de dos personas que huyen de los horrores del mundo contemporáneo, hasta que finalmente, encuentren su redención espiritual en pleno seno de la naturaleza. Otra vez desprende aroma místico, sólo que oculto en el reverso de sus tensos planos. La desconfianza hacia las religiones, el fracaso de las soluciones militaristas, la decadencia de la sociedad de consumo, la conspiparanoia estadounidense, el egoísmo y la ausencia de solidaridad con los desfavorecidos son ideas presentes en la película, en forma metafórica y simbólica (Recursos muy socorridos por Shyamalan), que se asientan con toda naturalidad y encuentran perfecta armonía con el resto de elementos.

El gran mérito, indudablemente, es haber hecho un film de terror despojado de los elementos teóricamente esenciales del género: sin monstruo, sin ambiente nocturno, sin sustos, sin asesino y, más allá de eso, sin trama. Es una película de terror desnuda de artificios: y es tan efectiva porque habla del Horror en sí mismo, sobre la esencia del miedo mismo. Basta con algo tan elemental como escuchar soplar el aire para sentir el advenimiento de la muerte. Ahí es donde reside la grandeza y la originalidad de Shyamalan, que busca una planificación deliberadamente minimalista, pero que consigue empapar cada plano de intriga por conocer qué deparará el momento inmediatamente posterior.

Quedan para la memoria varios suicidios brutales e inesperadamente explícitos, en los que el director vuelve a hacer alarde de usar de manera sobresaliente el fuera de campo y la elipsis (¿Qué diría Bresson sobre él si viviera?). Asimismo, hay varias secuencias en que la sensibilidad y el sentimentalismo del director se manifiestan sutilmente, a través de unos personajes definidos en apenas dos trazos, pero finalmente solventes y creibles, aunque sin llegar al grado de compenetración con el espectador de otros protagonistas que han poblado su obra.

En conclusión: cine para disfrutar, para pasar buen (mal) rato, y también, para pensar y desazonarse. Un film sencillo, pero con múltiples lecturas; comprometido y polémico; auténticamente arriesgado en su pretensión -conseguida, a mi parecer- de filmar el miedo en su forma más esencial, desnuda y primitiva. Otra pieza, en definitiva, tan turbadora como impecable de uno de los pocos auténticos renovadores del cine norteamericano actual.
Es una película de terror sin truco ni cartón, donde el monstruo -si podemos llamarlo así- no es sino el viento...¿o tal vez el ser humano?.

16 jun. 2008

Brevemente (I): Anna Karina baila

La siguiente secuencia pertenece a la película Vivir su vida (1962), del por entonces renovador, fresco y subversivo Jean-Luc Godard. Muchos repararéis (Si es que no lo sabíais ya antes) en que Quentin Tarantino homenajea este baile en su último chistecillo con atavio de película, Death Proof (2007).

No es difícil identificarse con Godard: ¿cómo no indagar con la cámara en el hipnotismo fotogénico de ese rostro, en un particular retrato oval cinematográfico?. Dejando fuera cualquier apreciación sobre la película (A los interesados les puedo recomendar varios artículos maravillosos), pasamos al vídeo.

15 jun. 2008

En Cartel (I): Indy ha vuelto

INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL (2008), de Steven Spielberg:

No pocos de nosotros, siendo unos criajos, tomamos la decisión de ser arqueólogos porque un menda que paseaba doquiera que fuese un látigo, un sombrero Fedora y una chaqueta de cuero marrón, nos había enseñado realidades tan ilusorias como que la arqueología era una irresistible combinación de investigación detectivesca (a lo Poirot, a lo Holmes) y brincos, saltos, volteretas y puñetazos, en pos de objetos míticos y milenarios que escondían fuerzas sobrenaturales y sorpresas imprevistas.
La decepción llega con los años. Y te das cuenta de que si quieres ser arqueólogo probablemente te acerques más a ese Jones catedrático que enseña perogrulladas como que "la X nunca marca el lugar" o que la arqueología no es ninguna aventura. O, tal vez, termines (¡Oh, no!) en un laboratorio.

Aún pasando el tiempo y dejando atrás los tiempos de los castillos de arena (snif), un servidor no puede sino exaltarse con febril entusiasmo cuando las revistas, televisión y radio braman que una de sus referencias vitales de la infancia -y de siempre- ha vuelto (de donde sea que vuelvan los héroes cuando su inventor decide aparcarlos).

Han pasado diecinueve años desde que Indiana Jones y La última cruzada (1989) llegó a los cines. Y hace más o menos la mitad de ese tiempo, que George Lucas y Steven Spielberg empezaron a jugar a ser los Pimpinela del mundo del espectáculo, anunciando nuevos guiones para rodar una fatigosamente postergada vuelta del cazatesoros más célebre de la historia cinematográfica.
Ha habido rumores, distintos guiones o esbozos (con títulos tan exóticos como El rey mono o La llamada de la sangre), guionistas talentosos trabajando en ello (Frank Darabont* es el mejor ejemplo) y excusas continuas (que olían a miedo puro al riesgo) por parte de Lucas, Ford y Spielberg en cada rueda de prensa en que eran interrogados acerca del prometedor regreso.
Al final, cuando te largan que van a comenzar el rodaje, que tienen todo preparado, que el proyecto empieza a dar frutos, no puedes evitar una carcajada cínica ("¡Venga ya!").

Tuve tiempo -sobre todo las semanas antes del estreno- para temer la posible decepción. Pero la ilusión de que volviera Indiana Jones, el (¿anti?)héroe más célebre e influyente del cine moderno y contemporáneo, con las apasionantes pesquisas de siempre, el fresco sentido del humor y la acción de primera clase era una promesa demasiado seductora como para acabar con la esperanza y la expectación de tantos años.

Y es que el cine, por más que muchos se avergüencen de admitirlo, es también fuegos artificiales, cabriolas y, en fin, entretenimiento, espectáculo, alborozo. Y ya sé, adoradores obsesivos de Godard, Apitchapong Weerasethakul y Jia Zhang Ke, que para vosotros las nociones de ritmo, sentido del suspense y del misterio son superficiales, hueras, asuntillos propios del cine burgués, eternamente anquilosado. Pero bueno, ¿qué se le va a hacer?, yo no me avergüenzo de divertirme con una narración clásica, lineal; con una historia contada como toda la vida.

Los tres asuntos que me tenían preocupado antes de poder sentarme tranquilamente en la butaca a sufrir o disfrutar el espectáculo eran lo siguientes:

1) Que la película se limitase a ser un film de acción eficiente, pero hubiera perdido la esencia Indy: humor, autoparodia, aura mística, viajes tan misteriosos como divertidos, entre lo detectivesco y lo puramente aventurero.

2) Que fuese, finalmente, un simple cúmulo de autorreferencias y guiños que manipularan tramposamente la mitología creada por las anteriores entregas. En otras palabras: que dejara de ser una película independiente, como lo eran las otras tres.

3) Que no supieran aportar un nuevo punto de vista sobre el personaje, que no le diesen juego al cambio de edad del personaje, que se limitaran al autoplagio.
* * *

Sin más preámbulos: ninguna de las tres premoniciones se cumplió.

A Steven Spielberg, tras exprimirse coco y dejarse el alma en esa sombría y nada autocomplaciente reflexión que es Munich, no es difícil imaginárlo frotándose las manos con euforia adolescente al reencontrarse, ya rozando la senectud, con su juguetito cinematográfico particular. Ha logrado con creces su propósito. La película respira desde el frenético prólogo el aroma del viejo cine de aventuras que Indiana Jones homenajea y parodia (¿Quién decía que ambas cosas eran la misma?). La energía del arranque promete una película a la altura del resto de la saga y consigue con creces ganarse un sitio junto a la trilogía.

La trama detectivesca desarrollada en Perú quizás sea la parte más floja de la película, no por falta de corrección en su artesanal ejecución sino por previsibilidad y sabor a deja vú.

Aparte de eso, han sabido encontrarle a Indy un nuevo acompañante a la altura, rodar unas escenas de acción memorables, escribir unos diálogos afilados y divertidos y, por tanto, hacer una película para mirarla boquiabierto y con ojos como platos, que nos recuerda que todavía hay directores que son capaces de hacer un cine masivo inteligente, magia de la evasión, capaz de robarle las pupilas a cualquier espectador, independientemente de la edad.

Así, nos encontramos con dos de las persecuciones mejor rodadas de los últimos años (Sobre todo, una que sucede en plena selva amazónica), sulfúricas sesiones de esgrima, saltos y caídas imposibles y, por si faltaba algo, hormigas carnívoras en evidente referencia a Cuando ruge la marabunta. Lo más insólito para mí, de todas maneras, fue volver a ver una pelea a puñetazo limpio, de esas que dejaron de estar de moda hace tanto tiempo, desde que en el cine de acción se ha decidido que todo duelo debe estar aderezado por supersaltos, patadas voladoras y todo tipo de florituras que, por el bien de mi aparato digestivo, mejor sería no comentar.
Y es que, huyendo de toda la tendencia contemporánea a la estética publicitaria y a la planificación de videoclip, Indiana Jones y ERDLCDC se presenta como un entretenimiento no sólo sano, sino necesario y reivindicable, recuperando esencias de un cine que demuestra que comercial y estúpido no son términos necesariamente indisolubles.

¿Ha cambiado algo respecto a las otras tres películas?. Sí, han pasado veinte años. Indiana Jones ya no es un mozuelo (Harrison Ford tampoco), algo que queda claro desde las primeras líneas de diálogo. En muchas escenas de acción su papel será secundario e incluso anecdótico.

Por otra parte, estamos en 1957: el enemigo de turno ya no es la Alemania nazi, sino la URSS. Y este cambio de época trae novedades: la paranoia anticomunista de la era McCarthy, la Guerra Fría, el secretismo con el que operaba el gobierno estadounidense y, por supuesto, la obsesión alienígena y las supuestas conspiraciones de dominación mental que el cine más apologético de aquélla época trataba de diseminar entre los ciudadanos.

En los primeros y masgitrales quince minutos, el film deja muy claro este cambio de época con todo lo que ello implica: pandilleros, un almacén militar en medio del desierto de Nevada, rusos,
pruebas nucleares...e incluso una nevera, ¡que para algo es Fría esta Guerra!.

Hay entretenimiento, hay escenas de acción tan espectaculares como ingeniosamente coreografiadas, hay humor de primera clase, hay autoparodia y homenajes... . Al final, la espera mereció la pena.
John Williams vuelve a componer la BSO de la película: la música sigue siendo casi plenamente narrativa, y acompaña bastante bien los puñetazos, patadas y saltos. Es posible señalar que recicla demasiados temas de En busca de el arca perdida y de La última cruzada, pero sería injusto no hablar de varios nuevos temas solventes y apropiados.
La fotografía del ya habitual para Spielberg Janusz Kaminski, sin resultar mediocre, sí es verdad que disneyfica un poco el look necesariamente poroso y envejecido de los filmes de Jones.
El guión de Koepp funciona muy bien, sobre todo a nivel de diálogos, aunque se le podría haber exigido alguna explicación más sobre algún punto finalmente oscuro de la trama, y un mayor desarrollo del personaje de Marion Ravenwood, cuya presencia es la única concesión injustificada a las anteriores películas, ya que su funcionalidad es la de ser un mero guiño.
Los intérpretes cumplen, especialmente un magnífico Harrison Ford con los pantalones caídos y ligeramente encorvado, que sabe comunicar los matices que ha adquirido su personaje, cada vez más profesor y menos aventurero, cada vez más temeroso y menos temerario. Asimismo, hay que aplaudir la memorable composición de una Cate Blanchett que dibuja en su rostro la mirada y la gestualidad de una villana más propia del comic que del cine, que también acaba siendo la mala más humanizada de la saga. Shia LaBeouf, tras su estrepitosa seudointerpretación en Transformers lleva más que correctamente su interpretación de motero macarra, a lo Marlon Brando en Salvaje.

Spielberg no ha decepcionado. Ha rodado con mano maestra un entretenimiento a lo grande. Cine de acción y aventuras del que se echaba de menos. No todos los días resucita un héroe tras veinte años muerto, pero, aún más importante, no todos los días resucita bien. Y es ese el gran logro: haber mantenido la esencia sin traicionarla a pesar del tiempo que ha pasado.


*Tengo el guión de Darabont en PDF. Si estáis interesados os lo envío al e-mail.

Carta de presentación

Este Blog, inaugurado sin botellas de champán ni la gracia de ningún monarca, tiene, por ahora, la simple pretensión de comentar películas, ya sea breve o extensamente, intentando mantener la distancia de revisiones de corte académico o analítico (Ya hay muchos ensayos con ese fin).
Los estrenos, los clásicos y alguna que otra joya enterrada bajo los sedimentos del tiempo serán sometidas al ojo bizqueante y sin tino de F.M. Dostoievski. Aunque el destino haya escogido que su futuro esté asociado a la pulpa de celulosa y letras impresas, le es inevitable renunciar al gran vicio del cine. Y a él se dedicará hasta que el LHC acabe con nosotros.
Y ahora (redoble de tambores), damas y caballeros, les presentaremos al hombre de barba cosaca y afición al juego. Recién llegado desde Moscú, huyendo de sus acreedores y dispuesta a apostar hasta el último céntimo al póker...con todos ustedes...¡Fedor...Mihailovich...¡¡DOSTOIEVSKI!! (Suena la balalaika).