20 sept. 2008

En cartel (VII): Una de turistas


Vicky Cristina Barcelona (2008), de Woody Allen.

En primer lugar, una aclaración. El nuevo film de Allen no es Annie Hall, ni Manhattan, ni Zelig, ni Broadway Danny Rose, ni La rosa púrpura del Cairo, ni Días de Radio, ni Delitos y faltas, ni Maridos y mujeres, ni Misterioso asesinato en Manhattan, ni Match Point. Ya claras mis preferencias, voy al grano: es un Allen divertido, mordaz y satisfactorio. Rara vez su cine me ha supuesto una decepción: quizás un par de films demasiado dependientes de Bergman me hicieron dar más de un bostezo por su falta de garra y hervor. Películas apagadas, poco enérgicas como Septiembre, Interiores o la fallida El sueño de Casandra.

Pero, dramático o cómico, ligero u hondo, intenso o llano, siento una gran atracción por casi todo lo que filma este hombre. Es uno de esos cineastas en los que el término film menor (que se aplica con tanta insistencia como gratuidad) no me parece nunca apropiado. Es raro que no entregue algo delicioso, sabio, inteligente o sencillamente divertido hasta el despiporre a los oídos y retinas de sus fieles seguidores.

Bergmaniano o marxista (de Groucho, claro), clásico (La maldicin del escorpión de Jade) o moderno (Desmontando a Harry), ya pocos discutirían hoy la calidad de casi todo lo perpetrado por este cineasta confesamente cosmopolita, que ha sabido indagar con gracia y ternura, corrosividad y mala leche, mordacidad y desgarro en la mentalidad del individuo del siglo veinte, tanto en aspectos morales como la culpa, como en el rico universo de las relaciones de pareja. Algún día será estudiado como uno de los grandes analistas de las relaciones públicas y privadas en el mundo occidental.

Vicky Cristina Barcelona (Sí, coincido en que es un título horroroso) tiene gracia. Tiene gracia, ritmo, capacidad de provocar sonrisas. Se ve con agrado y transmite buen humor. Woody Allen construye dos (Casi) arquetipos hispánicos, apasionados, románticos; idiotas y geniales a la par, que realmente justifican la existencia de la película. También los dos actores que les ponen piel y alma: unos inspiradísimos Javier Bardem y Penélope Cruz.

La receta es sofisticada y sencilla: construir cuatro sólidos personajes, opuestos entre sí, de imposible conjunción, y dejarlos vagar en un mundo tan familiar para unos como extraño para los otros. El resultado es una comedia que bajo su superficie divertida y disparatada esconde un interior melancólico, triste, pesimista. Hombres y mujeres que empiezan en un punto de partida al que vuelven siempre, inevitablemente. Estos, capaces de arrancar muchas sonrisas y un par de carcajadas, son unos desgraciados dignos de compasión. Y es que, bajo la epidermis divertida y rítmica, se esconde una reflexión tirando a pesimista sobre la naturaleza de las relaciones entre hombres y mujeres, ya sea el amor o el deseo (o ambos) quien las mueva. La conclusión es amarga: el ser humano es incapaz de aprender a amar. ¿Prejuicios culturales demasiado arraigados como para combatirlos o la esencia natural?. Sea lo que sea, Allen expone con lucidez, mordacidad, en diálogos certeros y agudos los ires y venires de unos seres perdidos, cuyos casuales encuentros sólo les depararán un brevísimo lapso de felicidad que se esfumará antes de que aprendan a darse cuenta.

No es un film descacharrante, ni un drama intimista. No es el film más divertido del director, ni tampoco el más magnético. Pero quizás mi idea cambie, porque su factura es la de aquellos films que mejoran en la memoria y con cada visionado, más hondos de lo que pueden parecer en un primer vistazo.

Woody Allen, que tantas veces ha reflexionado sobre lo que define una tragedia y una comedia, y cuál de los dos géneros es más cercano a la existencia real del ser humano, ha decidido que en las entrañas de lo cómico puede latir con creciente efusión lo trágico.

1 comentario:

El rincón de Chiriveque dijo...

Muy buen comentario, amigo, me animas a verla, casi cualquier película de Allen te hace pensar y reflexionar, nada es inocente en sus contenidos. Por tanto, sólo me queda disfrutarla...

PD: título horroroso, cierto, cosas de Jordi Hereu, supongo.