
La brújula dorada (2007), de Chris Weitz
No trata este post de hacer una reivindicación al uso. La brújula dorada no es una gran película; dista mucho de ello. Pero tiene determinados elementos que despiertan cierto interés dentro del estomagante aluvión de cine fantástico que venimos sufriendo, ya sea el protagonizado por críos designados para salvar mundos en crisis, como las consabidas fantasías épicas, cortadas según el patrón de las célebres adaptaciones de Peter Jackson.
Aunque a veces aparente lo contrario, no tengo ningún prejuicio contra esta modalidad, a pesar de que la fantasía que realmente me apasiona (más fácil de encontrar en literatura que en cine) es aquélla en la que lo fantástico es una meta, un fin, un horizonte, y no un medio para narrar un melodrama teen o aventuras desbordadas de adrenalina. El motor esencial de esa modalidad del género fantástico sería el extrañamiento; un buen ejemplo: algunas películas de Jacques Torneur.
Sin embargo, aún intentando no hacerle ascos a nada, resulta imposible no ir edificando prejuicios contra esta clase de productos tras haber padecido unos cuantos. En los ejemplos que conozco de cerca (El señor de los anillos, Harry Potter, Eragon, Dungeons & Dragons, Narnia) las escasas cualidades tienen más que ver con el diseño de producción y la labor del equipo técnico, que con los valores narrativos y los recursos expresivos (pocos y pobres). Abundantes planos panorámicos, postales paisajísticas y fuegos de artificio; y, sobre todo en los casos de las fantasías épicas, un exceso de altisonantes y huecas deliberaciones sobre la amistad y el honor. En resumen: que este es un cine que, generalmente, veo por compromiso.
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El tedio de una inaprovechable tarde de tormenta me acercó a la película que nos ocupa ahora. De otra forma, el encuentro habría sido improbable. Tengo entendido que está inspirada en la primera parte de una trilogía de Philip Pullman. En su reparto, figuran estrellas como Nicole Kidman (deliciosa villana de la función), un mal aprovechado Daniel Craig y fugaces apariciones de Christopher Lee y Eva Green. El acertado elenco es, precisamente, uno de los más sólidos cimientos del filme.
En muchos aspectos, La brújula dorada conjuga algunos grandes defectos del cine comercial actual: las relaciones entre los personajes y la importancia dramática de las situaciones no tienen lugar a ser consideradas y juzgadas por el espectador, sino que el guión impone un par de frases como sustituto de la deseable densidad de contenido . Por ejemplo, no tenemos la oportunidad de comprobar lo estrecha que es la relación entre dos personajes; la película, en cambio, emplea un diálogo entre estos para que sepamos cuánto se quieren; pero, al fin y al cabo, ese criterio lo está imponiendo el guionista: no es algo que podamos corroborar y someter a juicio como espectadores activos.
El resultado de esto es una cierta distanciación respecto a lo que les sucede a los (excesivamente) numerosos seres que protagonizan la aventura. Quizás a excepción de la carismática Lyra (Estupenda Dakota Blue Richards) y del úrsido loser Iorek Byrnison.
Lo que realmente ayuda a hacer la película llevadera e interesante son determinados apuntes simbólicos y metafísicos sembrados en la narración: la presencia de una sombría corporación que desea "purificar" a los niños despojándolos de su alma; la materialización del alma en misteriosos acompañantes zoomorfos; o la presencia inquietante de un Polvo (En mayúsculas) primitivo que conecta distintos universos. Por desgracia, Weitz quiere que su película sea, tan sólo, una mera introducción a este prometedor universo, y apenas esboza estas ideas, dejando el conjunto con cierto sabor a poco.
Existe un exceso de fichas en el tablero y muy pocos movimientos. El único tramo contado con detenimiento y capacidad de identificación es el que la niña protagoniza junto a Iorek. El resto, entretiene e intriga, pero no me abandona la sensación de que dos horas son insuficientes para tantas brujas y brújulas. Se echa de menos, por último, mayor personalidad estética: la imaginería visual despierta, en muchos casos, sensación de deja vu; en otros, es notoria su sosería. No hay lugar para la sorpresa en este punto.
Finalizando, La brújula dorada es una película de narración excesivamente embrollada, y en conjunto, algo fría por su incapacidad de darle la relevancia necesaria a cada uno de múltiples elementos que conforman la línea argumental. Pero gracias a su ritmo ligero, así como al interés de determinados componentes simbólicos (apenas esquematizados, por desgracia) entretienen e intrigan lo suficiente como para llegar hasta el final sin mirar el reloj. Esperemos que las secuelas desarrollen acertadamente las premisas presentadas en ésta irregular, pero aceptable, primera parte de la trilogía.