
23 jul 2008
En cartel (casi): la nueva película de Pixar

24 jun 2008
Reivindicación (I): Brother, de Takeshi Kitano

El hecho es que creo que es una de las películas más ignoradas dentro de la filmografía del director/actor, y, por contra, resulta uno de los films de gángsters más interesantes de ésta última década. Por encima, por poner un ejemplo, de películas interesantes pero sobrevaloradas como Infiltrados (2006), de un poco inspirado Martin Scorsese.
Brother no se ciñe a una trama con pocos personajes que luchan por el poder, sino que narra el ascenso de una simpática banda de camellos de poca monta gracias a la aparición de un lider de la yakuza, hermanastro de uno de ellos. Este personaje, interpretado por el propio Beat Takeshi, es el epicentro de la película: hombre violento, salvaje pero leal, de rostro pétreo pero secretamente sentimental, un tipo que ha aprendido todo lo que podía en la vida, incluso trampas para ganarle una partida al azar... . Partida, que, por cierto, ya huele perdida inevitablemente desde el comienzo de la película. Pero así funcionan estos tipos, que no conciben la muerte física como el peor de los males de un hombre, sino la muerte moral: la deshonra, la cobardía y la deslealtad.
Sin un argumento definido, narrada con abundantes elipsis y distintos episodios (según sea el grupo mafioso al que se enfrenten), Brother se centra en la relación que surge entre los personajes, teñida de un humor simpático e infantil, de algún que otro instante con indescifrables simbolismos y, por supuesto, intercalando en medio de la calma fogonazos de violencia cruda y brutal (todo esto, marca de la casa).
Curiosamente, tampoco es un film que se centre en la psicología del conjunto de personajes... . Extrañamente, consigue el cariño del espectador hacia estos.
Poco a poco, palpamos cómo la tragedia sube por la garganta, hasta una inesperada y hermosa conclusión que nos recuerda que la fraternidad no es asunto de sangre, y que incluso un negro y un amarillo pueden llegar a ser auténticos hermanos.
Por cierto, para los interesados en la liturgia yakuza y en su modus operandi, ésta película resulta toda una joya de documentación en ese sentido.
20 jun 2008
En cartel (IV): Vuelve Darabont
17 jun 2008
En cartel (II): Morir de un mal aire
Siempre que se escribe sobre el director hindú afincado en Estados Unidos Manoj Night Shyamalan, (En realidad, Manoj Nelliyattu Shyamalan) se dice lo mismo: que levanta tantas pasiones como odios, que crítica y público no hacen sino dividirse cada vez que estrena un film. Todo ello es cierto, pero a estas alturas, redundante. Por tanto, me limitaré estrictamente a mi opinión y dejaré de lado el manidísimo debate sobre las particularidades de su cine y por qué éstas siempre propician opiniones irreconciliables.

16 jun 2008
Brevemente (I): Anna Karina baila
La siguiente secuencia pertenece a la película Vivir su vida (1962), del por entonces renovador, fresco y subversivo Jean-Luc Godard. Muchos repararéis (Si es que no lo sabíais ya antes) en que Quentin Tarantino homenajea este baile en su último chistecillo con atavio de película, Death Proof (2007).
No es difícil identificarse con Godard: ¿cómo no indagar con la cámara en el hipnotismo fotogénico de ese rostro, en un particular retrato oval cinematográfico?. Dejando fuera cualquier apreciación sobre la película (A los interesados les puedo recomendar varios artículos maravillosos), pasamos al vídeo.
15 jun 2008
En Cartel (I): Indy ha vuelto
INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL (2008), de Steven Spielberg:No pocos de nosotros, siendo unos criajos, tomamos la decisión de ser arqueólogos porque un menda que paseaba doquiera que fuese un látigo, un sombrero Fedora y una chaqueta de cuero marrón, nos había enseñado realidades tan ilusorias como que la arqueología era una irresistible combinación de investigación detectivesca (a lo Poirot, a lo Holmes) y brincos, saltos, volteretas y puñetazos, en pos de objetos míticos y milenarios que escondían fuerzas sobrenaturales y sorpresas imprevistas.
Aún pasando el tiempo y dejando atrás los tiempos de los castillos de arena (snif), un servidor no puede sino exaltarse con febril entusiasmo cuando las revistas, televisión y radio braman que una de sus referencias vitales de la infancia -y de siempre- ha vuelto (de donde sea que vuelvan los héroes cuando su inventor decide aparcarlos).
Han pasado diecinueve años desde que Indiana Jones y La última cruzada (1989) llegó a los cines. Y hace más o menos la mitad de ese tiempo, que George Lucas y Steven Spielberg empezaron a jugar a ser los Pimpinela del mundo del espectáculo, anunciando nuevos guiones para rodar una fatigosamente postergada vuelta del cazatesoros más célebre de la historia cinematográfica.
Al final, cuando te largan que van a comenzar el rodaje, que tienen todo preparado, que el proyecto empieza a dar frutos, no puedes evitar una carcajada cínica ("¡Venga ya!").
Tuve tiempo -sobre todo las semanas antes del estreno- para temer la posible decepción. Pero la ilusión de que volviera Indiana Jones, el (¿anti?)héroe más célebre e influyente del cine moderno y contemporáneo, con las apasionantes pesquisas de siempre, el fresco sentido del humor y la acción de primera clase era una promesa demasiado seductora como para acabar con la esperanza y la expectación de tantos años.
Y es que el cine, por más que muchos se avergüencen de admitirlo, es también fuegos artificiales, cabriolas y, en fin, entretenimiento, espectáculo, alborozo. Y ya sé, adoradores obsesivos de Godard, Apitchapong Weerasethakul y Jia Zhang Ke, que para vosotros las nociones de ritmo, sentido del suspense y del misterio son superficiales, hueras, asuntillos propios del cine burgués, eternamente anquilosado. Pero bueno, ¿qué se le va a hacer?, yo no me avergüenzo de divertirme con una narración clásica, lineal; con una historia contada como toda la vida.
Los tres asuntos que me tenían preocupado antes de poder sentarme tranquilamente en la butaca a sufrir o disfrutar el espectáculo eran lo siguientes:
1) Que la película se limitase a ser un film de acción eficiente, pero hubiera perdido la esencia Indy: humor, autoparodia, aura mística, viajes tan misteriosos como divertidos, entre lo detectivesco y lo puramente aventurero.
2) Que fuese, finalmente, un simple cúmulo de autorreferencias y guiños que manipularan tramposamente la mitología creada por las anteriores entregas. En otras palabras: que dejara de ser una película independiente, como lo eran las otras tres.
3) Que no supieran aportar un nuevo punto de vista sobre el personaje, que no le diesen juego al cambio de edad del personaje, que se limitaran al autoplagio.
Sin más preámbulos: ninguna de las tres premoniciones se cumplió.
A Steven Spielberg, tras exprimirse coco y dejarse el alma en esa sombría y nada autocomplaciente reflexión que es Munich, no es difícil imaginárlo frotándose las manos con euforia adolescente al reencontrarse, ya rozando la senectud, con su juguetito cinematográfico particular. Ha logrado con creces su propósito. La película respira desde el frenético prólogo el aroma del viejo cine de aventuras que Indiana Jones homenajea y parodia (¿Quién decía que ambas cosas eran la misma?). La energía del arranque promete una película a la altura del resto de la saga y consigue con creces ganarse un sitio junto a la trilogía.
La trama detectivesca desarrollada en Perú quizás sea la parte más floja de la película, no por falta de corrección en su artesanal ejecución sino por previsibilidad y sabor a deja vú.
Aparte de eso, han sabido encontrarle a Indy un nuevo acompañante a la altura, rodar unas escenas de acción memorables, escribir unos diálogos afilados y divertidos y, por tanto, hacer una película para mirarla boquiabierto y con ojos como platos, que nos recuerda que todavía hay directores que son capaces de hacer un cine masivo inteligente, magia de la evasión, capaz de robarle las pupilas a cualquier espectador, independientemente de la edad.
Así, nos encontramos con dos de las persecuciones mejor rodadas de los últimos años (Sobre todo, una que sucede en plena selva amazónica), sulfúricas sesiones de esgrima, saltos y caídas imposibles y, por si faltaba algo, hormigas carnívoras en evidente referencia a Cuando ruge la marabunta. Lo más insólito para mí, de todas maneras, fue volver a ver una pelea a puñetazo limpio, de esas que dejaron de estar de moda hace tanto tiempo, desde que en el cine de acción se ha decidido que todo duelo debe estar aderezado por supersaltos, patadas voladoras y todo tipo de florituras que, por el bien de mi aparato digestivo, mejor sería no comentar.
Y es que, huyendo de toda la tendencia contemporánea a la estética publicitaria y a la planificación de videoclip, Indiana Jones y ERDLCDC se presenta como un entretenimiento no sólo sano, sino necesario y reivindicable, recuperando esencias de un cine que demuestra que comercial y estúpido no son términos necesariamente indisolubles.
¿Ha cambiado algo respecto a las otras tres películas?. Sí, han pasado veinte años. Indiana Jones ya no es un mozuelo (Harrison Ford tampoco), algo que queda claro desde las primeras líneas de diálogo. En muchas escenas de acción su papel será secundario e incluso anecdótico.
Por otra parte, estamos en 1957: el enemigo de turno ya no es la Alemania nazi, sino la URSS. Y este cambio de época trae novedades: la paranoia anticomunista de la era McCarthy, la Guerra Fría, el secretismo con el que operaba el gobierno estadounidense y, por supuesto, la obsesión alienígena y las supuestas conspiraciones de dominación mental que el cine más apologético de aquélla época trataba de diseminar entre los ciudadanos.
En los primeros y masgitrales quince minutos, el film deja muy claro este cambio de época con todo lo que ello implica: pandilleros, un almacén militar en medio del desierto de Nevada, rusos,
pruebas nucleares...e incluso una nevera, ¡que para algo es Fría esta Guerra!.
Hay entretenimiento, hay escenas de acción tan espectaculares como ingeniosamente coreografiadas, hay humor de primera clase, hay autoparodia y homenajes... . Al final, la espera mereció la pena.
John Williams vuelve a componer la BSO de la película: la música sigue siendo casi plenamente narrativa, y acompaña bastante bien los puñetazos, patadas y saltos. Es posible señalar que recicla demasiados temas de En busca de el arca perdida y de La última cruzada, pero sería injusto no hablar de varios nuevos temas solventes y apropiados.
La fotografía del ya habitual para Spielberg Janusz Kaminski, sin resultar mediocre, sí es verdad que disneyfica un poco el look necesariamente poroso y envejecido de los filmes de Jones.
El guión de Koepp funciona muy bien, sobre todo a nivel de diálogos, aunque se le podría haber exigido alguna explicación más sobre algún punto finalmente oscuro de la trama, y un mayor desarrollo del personaje de Marion Ravenwood, cuya presencia es la única concesión injustificada a las anteriores películas, ya que su funcionalidad es la de ser un mero guiño.
Los intérpretes cumplen, especialmente un magnífico Harrison Ford con los pantalones caídos y ligeramente encorvado, que sabe comunicar los matices que ha adquirido su personaje, cada vez más profesor y menos aventurero, cada vez más temeroso y menos temerario. Asimismo, hay que aplaudir la memorable composición de una Cate Blanchett que dibuja en su rostro la mirada y la gestualidad de una villana más propia del comic que del cine, que también acaba siendo la mala más humanizada de la saga. Shia LaBeouf, tras su estrepitosa seudointerpretación en Transformers lleva más que correctamente su interpretación de motero macarra, a lo Marlon Brando en Salvaje.
Spielberg no ha decepcionado. Ha rodado con mano maestra un entretenimiento a lo grande. Cine de acción y aventuras del que se echaba de menos. No todos los días resucita un héroe tras veinte años muerto, pero, aún más importante, no todos los días resucita bien. Y es ese el gran logro: haber mantenido la esencia sin traicionarla a pesar del tiempo que ha pasado.
*Tengo el guión de Darabont en PDF. Si estáis interesados os lo envío al e-mail.
Carta de presentación



