24 jun. 2008

Reivindicación (I): Brother, de Takeshi Kitano


Hace pocos días volví a ver Brother (2000), del siempre polémico Takeshi Kitano. No recordaba gran cosa de la película, excepto por su emotivo y trágico desenlace.
El hecho es que creo que es una de las películas más ignoradas dentro de la filmografía del director/actor, y, por contra, resulta uno de los films de gángsters más interesantes de ésta última década. Por encima, por poner un ejemplo, de películas interesantes pero sobrevaloradas como Infiltrados (2006), de un poco inspirado Martin Scorsese.


Brother no se ciñe a una trama con pocos personajes que luchan por el poder, sino que narra el ascenso de una simpática banda de camellos de poca monta gracias a la aparición de un lider de la yakuza, hermanastro de uno de ellos. Este personaje, interpretado por el propio Beat Takeshi, es el epicentro de la película: hombre violento, salvaje pero leal, de rostro pétreo pero secretamente sentimental, un tipo que ha aprendido todo lo que podía en la vida, incluso trampas para ganarle una partida al azar... . Partida, que, por cierto, ya huele perdida inevitablemente desde el comienzo de la película. Pero así funcionan estos tipos, que no conciben la muerte física como el peor de los males de un hombre, sino la muerte moral: la deshonra, la cobardía y la deslealtad.
Sin un argumento definido, narrada con abundantes elipsis y distintos episodios (según sea el grupo mafioso al que se enfrenten), Brother se centra en la relación que surge entre los personajes, teñida de un humor simpático e infantil, de algún que otro instante con indescifrables simbolismos y, por supuesto, intercalando en medio de la calma fogonazos de violencia cruda y brutal (todo esto, marca de la casa).
Curiosamente, tampoco es un film que se centre en la psicología del conjunto de personajes... . Extrañamente, consigue el cariño del espectador hacia estos.
Poco a poco, palpamos cómo la tragedia sube por la garganta, hasta una inesperada y hermosa conclusión que nos recuerda que la fraternidad no es asunto de sangre, y que incluso un negro y un amarillo pueden llegar a ser auténticos hermanos.

Por cierto, para los interesados en la liturgia yakuza y en su modus operandi, ésta película resulta toda una joya de documentación en ese sentido.

20 jun. 2008

En cartel (IV): Vuelve Darabont


La niebla (2008), de Frank Darabont.

Nota: pido perdón por mis simplificadas referencias al cine de terror de bajo presupuesto de los 50, al que no conozco convenientemente; así, limpio este análisis de cualquier referencia a la adaptación de obras de King por parte de Darabont.

Ya sólo porque un director como Frank Darabont, que en los 90 dirigió y escribió una de las óperas primas más redondas, clásicas y hermosas de la década, Cadena perpetua (1994), haya vuelto a estrenar, debería ser motivo de alegría.
Quizás, tras el sonado comienzo, su siguiente película, varios años después, supuso cierto bluff para los que esperábamos cierta evolución de un director que ya comenzaba a situarse en el panorama de los más interesantes surgidos en los irregulares ´90. Lo cierto es que La milla verde (1999) era una película con un par de secuencias emotivas, entretenidísima como todo lo que rueda Darabont -en este caso, más meritorio por la larguísima duración del film-, pero que dejaba cierto regusto a "Esto ya lo he visto".
The majestic (2001) suponía otra revisitación a los tiempos -y al cine- de sus estimados años 50, y ésta vez, más concretamente al cine de Frank Capra, cuyo humanismo maníqueo contagia estos tres films del director. Constituye, pues, un film tierno hasta el empalago, dulce hasta ser almibarado, pero que funciona, además de por las notables interpretaciones (incluso por parte del temible Jim Carrey), por ser un ejemplo de cariño de un director hacia sus personajes.

Estos tres films componen la imagen de un director con tendencia al ternurismo, al humanismo, siempre con un afán de denunciar injusticias, en el caso de Cadena perpetua, el autoritarismo y los regímenes carcelarios; en La milla verde, denuncia la pena de muerte y en The Majestic sitúa en el punto de mira la intolerancia y la persecución ideológica. ¿Qué le habrá tocado en La niebla?.
***

La última película de Darabont es una película de Serie-B de los años 50, con ecos de films más recientes como La cosa (1982), de John Carpenter -homenajeada directamente en dos escenas-.

Lo peor de ella, son, probablemente, las limitaciones propias de este subgénero, que el director se limita a imitar -estupendamente- en fondo y forma. Sin más, en principio. Personajes caricaturescos, explicitud excesiva, etc.

Los mayores aciertos son las dosis de drama que encuentran en la historia su sitio, los diálogos naturalistas y creibles que atenúan el carácter simple y plano de la mayoría de sus personajes -excepto por el conmovedor y creible protagonista y un par más, pero escasos- y lo logrado que está, en principio al menos, el microcosmos de personajes recluidos en un supermercado.
La película encuentra sus puntos álgidos de tensión cuando enfrenta a los hombres con los hombres, y un poco menos en las correctas escenas con monstruos. Lo que más flaquea, en este sentido, es la excesiva explicitud a la hora de mostrar bestias que la niebla que da título a la película podría haber ocultado aún más. Técnicamente, la película es manifiestamente minimalista, barata e incluso cutre. Opta por actores desconocidos (Excepto por la siempre ejemplar Marcia Gay Harden). Quiere ser cine de terror-ciencia ficción B, y eso lo cumple con creces. No añade mucho a lo visto y oído en este cine, siendo su verdadera aportación el naturalismo de situaciones y diálogos, pero la originalidad de su planteamiento, lo entretenidísima que resulta (al principio correcta pero cada vez más convincente hasta que a los viente minutos uno se siente atrapado por la película) y lo tensa que logra ser en muchos momentos la hacen un film más que correcto, muy apreciable, una vuelta a un subgénero cada vez más reivindicado (lo prueban los innumerables remakes que tenemos que soportar últimamente).

El mayor problema de la película viene en su inevitable denuncia social, en el ratito en que el director quiere hacer trascender su mensaje. El problema es que el fanatismo denunciado aparece impostado, metido con calzador de una manera tosca y casi grosera, el giro psicológico que debería manifestarse en los personajes es tan nulo como su propia psicología. Ocurre lo mismo que en muchas películas de George Romero, y es que la llaneza que define a los caracteres se hunde al intentar darles a esto una importancia mayor de la que tenían hasta entonces. Desde otro punto de vista, el típico, tópico y trilladísimo mensaje sobre experimentos peligrosos en manos de militares inconscientes reaparece de forma simpática, incluso entrañable, echándose de menos ese afán didáctico ingenuo y simplista, pero tan desgraciadamente cierto como una guerra.

Aparte de este punto sobre el fanatismo propiciado por el miedo (con la evidente denuncia que al rumbo que en política exterior han tomado los EEUU de George Bush) en que el film realmente flojea, la película funciona a la perfección. Los monstruos, si bien no provocan sudores, son imprevisibles en sus ataques y Darabont ha tenido el tino de mostrar que cualquier personaje puede morir en cualquier momento, lo cual aumenta la inquietud que provocan sus ataques en el espectador. Aunque, como ya he comentado, el verdadero terror llega cuando todo ha de decidirse entre seres humanos. El racismo, los prejuicios sociales, la estupidez...se manifiestan en personajes arquetípicos de forma eficiente. El problema es cuando, hacia los cuarenta o cincuenta minutos de película, Darabont trata de hacernos creer lo increible mediante el liderazgo que consigue el demente personaje de Marcia Gay Harden.

Técnicamente, podemos hablar de una cámara cuyo nerviosismo eléctrico es fundamental en muchos momentos, pero usado de forma repetitiva, innecesaria y excesiva en otros. Los monstruos, con efectos de Playstation y la pobreza en general de efectos especiales, le dan cierto encanto a un film que consigue muy bien, en ese sentido, aproximarse al cine que, más que sencillamente homenajear, trata de retomar seriamente.

Si bien he hablado de que la parte dramática de la película cumple, habría que hablar, en punto y aparte, del último cuarto de hora de película. Ya está desatando polémica, y es que su brutalidad y la manera terrible de finalizar la película, inmerecida para su honesto protagonista -un personaje, sin duda, memorable e impropio de los límites que imponen los códigos de este tipo de cine- son, cuanto menos, desconcertantes. Este último rato, que no comentaré para quien no haya visto la película, es tenso, trágico e imponente. El ritmo lento y las miradas desprendidas de toda esperanza imponen. Pero aún más la resolución que toman los personajes en los últimos minutos. Este último rato, tan poco efectivamente comercial como hiriente no dejará indiferente a nadie. A mí, me parece que se eleva por encima del resto del film, casi siempre muy conseguido como ya he comentado.

En resumen: cine de terror y ciencia ficción de bajo presupuesto que se aleja del mero homenaje, y apuesta por crear una película personal, pero próxima siempre con respeto a los códigos. Muy bien narrada por un Darabont que no ha perdido sus dotes, entretenidísima, angustiosa en muchos momentos, tensa. Sólo hay lugar para la torpeza en una denuncia social implantada con vulgaridad, y encuentra su vuelo más álgido en las dramáticas discusiones entre personajes y en un desenlace valiente y pesimista. Curioso es que, dado el pésimo panorama cinematográfico actual (y más el referente a este género), coincidan en cartelera dos películas con premisas parecidas, pero muy distintas: La niebla y El incidente, ambas comprometidas con el cine y con su tiempo; pero si una aboga por un cine de terror clásico, la otra, resulta transgresora y arriesgada.

Ahora, una humilde cuestión: ¿dónde quedó el humanismo capriano de Darabont? ¿Se acabó el tiempo de los sueños?.

17 jun. 2008

En cartel (II): Morir de un mal aire

El incidente (2008), de M. Night Shyamalan

"-Yo estaba en la puerta, esperándolo. Lo vi venir por la carretera, moviendo todos los árboles, uno a uno, hasta que sacudió los árboles junto a la casa y al fin se encaminó hacia mí, ¡y le cerré la puerta en las narices!"
Fragmento de El viento, de Ray Bradbury.

Siempre que se escribe sobre el director hindú afincado en Estados Unidos Manoj Night Shyamalan, (En realidad, Manoj Nelliyattu Shyamalan) se dice lo mismo: que levanta tantas pasiones como odios, que crítica y público no hacen sino dividirse cada vez que estrena un film. Todo ello es cierto, pero a estas alturas, redundante. Por tanto, me limitaré estrictamente a mi opinión y dejaré de lado el manidísimo debate sobre las particularidades de su cine y por qué éstas siempre propician opiniones irreconciliables.

Desde que estrenó El sexto sentido (1999), por la que obtuvo reconocimiento y gran éxito comercial, el director se ha vuelto único patentador de un universo con obsesiones muy reconocibles. Sin duda, ha plasmado de forma personal e irremplazable esa sensación tan abstracta y común: el miedo, tanto el ingénito al ser humano como el propio de los tiempos que corren. Siempre comprometido con sus personajes, ha retratado con emoción y veracidad redenciones espirituales, hasta evidenciar, a partir de Señales (2002), ideas sugeridas anteriormente: una visión mística universal -aunque no religiosa, como él mismo ha desmentido- que se acerca a los planteamientos panteístas.

Más allá del complejo y retroalimentativo ideario de Shyamalan, lo que más me sorprende y fascina de este director es su capacidad de reinventarse, de arriesgar hasta el último átomo en cada película. Y si bien, El sexto sentido es un thriller de terror de base clásica, en El protegido (2000) narra un turbador drama familiar aderezado con reflexiones morales extraídas del universo del comic; en Señales (2002) -tal vez su película más débil, pero en conjunto nada desdeñable- cuenta una invasión extraterrestre que sirve de marco para una búsqueda de sentido en un mundo aleatorio y caótico; El bosque (2004) es una reflexión insólitamente poética, sobre el miedo y el amor, y el sacrificio que este último implica; en La joven del agua (2006) usa como molde el thriller fantástico para rodar una película que escapa a cualquier encasillamiento genérico, indudablemente su proyecto más personal -y ya es mucho decir-, un lírico cuento de hadas, cuya complejidad de elementos no impide que estos estén perfectamente interrelacionados.

Así pues, a pesar de trabajar con grandes presupuestos y bajo la sombra (cada día más ominosa) de Holywood, Shyamalan es un director con la clara intención de dejar una huella autoral en cada nuevo producto. Usa un suspense de legado hitchcockiano y una poética del miedo y la ausencia que recuerda a Jacques Torneur.

***



El incidente utiliza como abierta referencia el cine de Serie-B de los años 50-60 y Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock.
El director ha dado una nueva vuelta de tuerca a su filmografía, pero ya no es sólo que haya hecho una película que apabulla por lo impactantemente simple que es su argumento, sino que este salto al vacío sin red tiene doble mérito y merece, por tanto, una ración multiplicada de aplausos: y es que un cineasta tan caro a tramas clásicas complejamente desarrolladas, de pronto presenta un film que es todo lo contrario: una narración que no podía ser más antiargumental, lineal y llana.

El incidente puede verse y disfrutarse de dos maneras: como un simple y directo entretenimiento, remedo -aunque sin tópicos- del viejo cine de terror-B, tenso y entretenido hasta el último minuto; o también, si el espectador es curioso, puede optar además por mirar a través de los innumerables agujeritos que la película evidencia desde casi su primer minuto, y desencriptar los símbolos que esconden una sofisticada -que no complicada- reflexión, una nueva revisión de la mística del director, ésta vez con matices naturalistas.

Y es que El incidente no engaña: es desde el primer minuto una película de terror aderezada con un humor casi absurdo, que cuenta el viaje de una seudofamilia que, hablando literalmente, busca escapar de una catástrofe que destruye el mundo; pero que, en sentido figurado, es la historia de dos personas que huyen de los horrores del mundo contemporáneo, hasta que finalmente, encuentren su redención espiritual en pleno seno de la naturaleza. Otra vez desprende aroma místico, sólo que oculto en el reverso de sus tensos planos. La desconfianza hacia las religiones, el fracaso de las soluciones militaristas, la decadencia de la sociedad de consumo, la conspiparanoia estadounidense, el egoísmo y la ausencia de solidaridad con los desfavorecidos son ideas presentes en la película, en forma metafórica y simbólica (Recursos muy socorridos por Shyamalan), que se asientan con toda naturalidad y encuentran perfecta armonía con el resto de elementos.

El gran mérito, indudablemente, es haber hecho un film de terror despojado de los elementos teóricamente esenciales del género: sin monstruo, sin ambiente nocturno, sin sustos, sin asesino y, más allá de eso, sin trama. Es una película de terror desnuda de artificios: y es tan efectiva porque habla del Horror en sí mismo, sobre la esencia del miedo mismo. Basta con algo tan elemental como escuchar soplar el aire para sentir el advenimiento de la muerte. Ahí es donde reside la grandeza y la originalidad de Shyamalan, que busca una planificación deliberadamente minimalista, pero que consigue empapar cada plano de intriga por conocer qué deparará el momento inmediatamente posterior.

Quedan para la memoria varios suicidios brutales e inesperadamente explícitos, en los que el director vuelve a hacer alarde de usar de manera sobresaliente el fuera de campo y la elipsis (¿Qué diría Bresson sobre él si viviera?). Asimismo, hay varias secuencias en que la sensibilidad y el sentimentalismo del director se manifiestan sutilmente, a través de unos personajes definidos en apenas dos trazos, pero finalmente solventes y creibles, aunque sin llegar al grado de compenetración con el espectador de otros protagonistas que han poblado su obra.

En conclusión: cine para disfrutar, para pasar buen (mal) rato, y también, para pensar y desazonarse. Un film sencillo, pero con múltiples lecturas; comprometido y polémico; auténticamente arriesgado en su pretensión -conseguida, a mi parecer- de filmar el miedo en su forma más esencial, desnuda y primitiva. Otra pieza, en definitiva, tan turbadora como impecable de uno de los pocos auténticos renovadores del cine norteamericano actual.
Es una película de terror sin truco ni cartón, donde el monstruo -si podemos llamarlo así- no es sino el viento...¿o tal vez el ser humano?.

16 jun. 2008

Brevemente (I): Anna Karina baila

La siguiente secuencia pertenece a la película Vivir su vida (1962), del por entonces renovador, fresco y subversivo Jean-Luc Godard. Muchos repararéis (Si es que no lo sabíais ya antes) en que Quentin Tarantino homenajea este baile en su último chistecillo con atavio de película, Death Proof (2007).

No es difícil identificarse con Godard: ¿cómo no indagar con la cámara en el hipnotismo fotogénico de ese rostro, en un particular retrato oval cinematográfico?. Dejando fuera cualquier apreciación sobre la película (A los interesados les puedo recomendar varios artículos maravillosos), pasamos al vídeo.

15 jun. 2008

En Cartel (I): Indy ha vuelto

INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL (2008), de Steven Spielberg:

No pocos de nosotros, siendo unos criajos, tomamos la decisión de ser arqueólogos porque un menda que paseaba doquiera que fuese un látigo, un sombrero Fedora y una chaqueta de cuero marrón, nos había enseñado realidades tan ilusorias como que la arqueología era una irresistible combinación de investigación detectivesca (a lo Poirot, a lo Holmes) y brincos, saltos, volteretas y puñetazos, en pos de objetos míticos y milenarios que escondían fuerzas sobrenaturales y sorpresas imprevistas.
La decepción llega con los años. Y te das cuenta de que si quieres ser arqueólogo probablemente te acerques más a ese Jones catedrático que enseña perogrulladas como que "la X nunca marca el lugar" o que la arqueología no es ninguna aventura. O, tal vez, termines (¡Oh, no!) en un laboratorio.

Aún pasando el tiempo y dejando atrás los tiempos de los castillos de arena (snif), un servidor no puede sino exaltarse con febril entusiasmo cuando las revistas, televisión y radio braman que una de sus referencias vitales de la infancia -y de siempre- ha vuelto (de donde sea que vuelvan los héroes cuando su inventor decide aparcarlos).

Han pasado diecinueve años desde que Indiana Jones y La última cruzada (1989) llegó a los cines. Y hace más o menos la mitad de ese tiempo, que George Lucas y Steven Spielberg empezaron a jugar a ser los Pimpinela del mundo del espectáculo, anunciando nuevos guiones para rodar una fatigosamente postergada vuelta del cazatesoros más célebre de la historia cinematográfica.
Ha habido rumores, distintos guiones o esbozos (con títulos tan exóticos como El rey mono o La llamada de la sangre), guionistas talentosos trabajando en ello (Frank Darabont* es el mejor ejemplo) y excusas continuas (que olían a miedo puro al riesgo) por parte de Lucas, Ford y Spielberg en cada rueda de prensa en que eran interrogados acerca del prometedor regreso.
Al final, cuando te largan que van a comenzar el rodaje, que tienen todo preparado, que el proyecto empieza a dar frutos, no puedes evitar una carcajada cínica ("¡Venga ya!").

Tuve tiempo -sobre todo las semanas antes del estreno- para temer la posible decepción. Pero la ilusión de que volviera Indiana Jones, el (¿anti?)héroe más célebre e influyente del cine moderno y contemporáneo, con las apasionantes pesquisas de siempre, el fresco sentido del humor y la acción de primera clase era una promesa demasiado seductora como para acabar con la esperanza y la expectación de tantos años.

Y es que el cine, por más que muchos se avergüencen de admitirlo, es también fuegos artificiales, cabriolas y, en fin, entretenimiento, espectáculo, alborozo. Y ya sé, adoradores obsesivos de Godard, Apitchapong Weerasethakul y Jia Zhang Ke, que para vosotros las nociones de ritmo, sentido del suspense y del misterio son superficiales, hueras, asuntillos propios del cine burgués, eternamente anquilosado. Pero bueno, ¿qué se le va a hacer?, yo no me avergüenzo de divertirme con una narración clásica, lineal; con una historia contada como toda la vida.

Los tres asuntos que me tenían preocupado antes de poder sentarme tranquilamente en la butaca a sufrir o disfrutar el espectáculo eran lo siguientes:

1) Que la película se limitase a ser un film de acción eficiente, pero hubiera perdido la esencia Indy: humor, autoparodia, aura mística, viajes tan misteriosos como divertidos, entre lo detectivesco y lo puramente aventurero.

2) Que fuese, finalmente, un simple cúmulo de autorreferencias y guiños que manipularan tramposamente la mitología creada por las anteriores entregas. En otras palabras: que dejara de ser una película independiente, como lo eran las otras tres.

3) Que no supieran aportar un nuevo punto de vista sobre el personaje, que no le diesen juego al cambio de edad del personaje, que se limitaran al autoplagio.
* * *

Sin más preámbulos: ninguna de las tres premoniciones se cumplió.

A Steven Spielberg, tras exprimirse coco y dejarse el alma en esa sombría y nada autocomplaciente reflexión que es Munich, no es difícil imaginárlo frotándose las manos con euforia adolescente al reencontrarse, ya rozando la senectud, con su juguetito cinematográfico particular. Ha logrado con creces su propósito. La película respira desde el frenético prólogo el aroma del viejo cine de aventuras que Indiana Jones homenajea y parodia (¿Quién decía que ambas cosas eran la misma?). La energía del arranque promete una película a la altura del resto de la saga y consigue con creces ganarse un sitio junto a la trilogía.

La trama detectivesca desarrollada en Perú quizás sea la parte más floja de la película, no por falta de corrección en su artesanal ejecución sino por previsibilidad y sabor a deja vú.

Aparte de eso, han sabido encontrarle a Indy un nuevo acompañante a la altura, rodar unas escenas de acción memorables, escribir unos diálogos afilados y divertidos y, por tanto, hacer una película para mirarla boquiabierto y con ojos como platos, que nos recuerda que todavía hay directores que son capaces de hacer un cine masivo inteligente, magia de la evasión, capaz de robarle las pupilas a cualquier espectador, independientemente de la edad.

Así, nos encontramos con dos de las persecuciones mejor rodadas de los últimos años (Sobre todo, una que sucede en plena selva amazónica), sulfúricas sesiones de esgrima, saltos y caídas imposibles y, por si faltaba algo, hormigas carnívoras en evidente referencia a Cuando ruge la marabunta. Lo más insólito para mí, de todas maneras, fue volver a ver una pelea a puñetazo limpio, de esas que dejaron de estar de moda hace tanto tiempo, desde que en el cine de acción se ha decidido que todo duelo debe estar aderezado por supersaltos, patadas voladoras y todo tipo de florituras que, por el bien de mi aparato digestivo, mejor sería no comentar.
Y es que, huyendo de toda la tendencia contemporánea a la estética publicitaria y a la planificación de videoclip, Indiana Jones y ERDLCDC se presenta como un entretenimiento no sólo sano, sino necesario y reivindicable, recuperando esencias de un cine que demuestra que comercial y estúpido no son términos necesariamente indisolubles.

¿Ha cambiado algo respecto a las otras tres películas?. Sí, han pasado veinte años. Indiana Jones ya no es un mozuelo (Harrison Ford tampoco), algo que queda claro desde las primeras líneas de diálogo. En muchas escenas de acción su papel será secundario e incluso anecdótico.

Por otra parte, estamos en 1957: el enemigo de turno ya no es la Alemania nazi, sino la URSS. Y este cambio de época trae novedades: la paranoia anticomunista de la era McCarthy, la Guerra Fría, el secretismo con el que operaba el gobierno estadounidense y, por supuesto, la obsesión alienígena y las supuestas conspiraciones de dominación mental que el cine más apologético de aquélla época trataba de diseminar entre los ciudadanos.

En los primeros y masgitrales quince minutos, el film deja muy claro este cambio de época con todo lo que ello implica: pandilleros, un almacén militar en medio del desierto de Nevada, rusos,
pruebas nucleares...e incluso una nevera, ¡que para algo es Fría esta Guerra!.

Hay entretenimiento, hay escenas de acción tan espectaculares como ingeniosamente coreografiadas, hay humor de primera clase, hay autoparodia y homenajes... . Al final, la espera mereció la pena.
John Williams vuelve a componer la BSO de la película: la música sigue siendo casi plenamente narrativa, y acompaña bastante bien los puñetazos, patadas y saltos. Es posible señalar que recicla demasiados temas de En busca de el arca perdida y de La última cruzada, pero sería injusto no hablar de varios nuevos temas solventes y apropiados.
La fotografía del ya habitual para Spielberg Janusz Kaminski, sin resultar mediocre, sí es verdad que disneyfica un poco el look necesariamente poroso y envejecido de los filmes de Jones.
El guión de Koepp funciona muy bien, sobre todo a nivel de diálogos, aunque se le podría haber exigido alguna explicación más sobre algún punto finalmente oscuro de la trama, y un mayor desarrollo del personaje de Marion Ravenwood, cuya presencia es la única concesión injustificada a las anteriores películas, ya que su funcionalidad es la de ser un mero guiño.
Los intérpretes cumplen, especialmente un magnífico Harrison Ford con los pantalones caídos y ligeramente encorvado, que sabe comunicar los matices que ha adquirido su personaje, cada vez más profesor y menos aventurero, cada vez más temeroso y menos temerario. Asimismo, hay que aplaudir la memorable composición de una Cate Blanchett que dibuja en su rostro la mirada y la gestualidad de una villana más propia del comic que del cine, que también acaba siendo la mala más humanizada de la saga. Shia LaBeouf, tras su estrepitosa seudointerpretación en Transformers lleva más que correctamente su interpretación de motero macarra, a lo Marlon Brando en Salvaje.

Spielberg no ha decepcionado. Ha rodado con mano maestra un entretenimiento a lo grande. Cine de acción y aventuras del que se echaba de menos. No todos los días resucita un héroe tras veinte años muerto, pero, aún más importante, no todos los días resucita bien. Y es ese el gran logro: haber mantenido la esencia sin traicionarla a pesar del tiempo que ha pasado.


*Tengo el guión de Darabont en PDF. Si estáis interesados os lo envío al e-mail.

Carta de presentación

Este Blog, inaugurado sin botellas de champán ni la gracia de ningún monarca, tiene, por ahora, la simple pretensión de comentar películas, ya sea breve o extensamente, intentando mantener la distancia de revisiones de corte académico o analítico (Ya hay muchos ensayos con ese fin).
Los estrenos, los clásicos y alguna que otra joya enterrada bajo los sedimentos del tiempo serán sometidas al ojo bizqueante y sin tino de F.M. Dostoievski. Aunque el destino haya escogido que su futuro esté asociado a la pulpa de celulosa y letras impresas, le es inevitable renunciar al gran vicio del cine. Y a él se dedicará hasta que el LHC acabe con nosotros.
Y ahora (redoble de tambores), damas y caballeros, les presentaremos al hombre de barba cosaca y afición al juego. Recién llegado desde Moscú, huyendo de sus acreedores y dispuesta a apostar hasta el último céntimo al póker...con todos ustedes...¡Fedor...Mihailovich...¡¡DOSTOIEVSKI!! (Suena la balalaika).